Hannia Novell

El jueves 20 de julio de 2017 se registraron escenas nunca antes vistas en la Ciudad de México. En las calles de la delegación Tláhuac, un operativo para la captura de Felipe de Jesús Pérez Luna, El Ojos, líder del Cártel de Tláhuac, derivó en autobuses incendiados; mototaxis atravesados en calles y avenidas para impedir el paso de los cuerpos de seguridad, además de  pánico en la población. Todo al más puro estilo de los narcobloqueos en Tamaulipas, Guerrero y Michoacán.

El operativo, que estuvo coordinado por la Secretaría de Marina y la Policía Federal, con apoyo de la policía capitalina, tenía como objetivo capturar al sujeto que controlaba la venta de droga, la extorsión, el cobro de piso y otros delitos en la zona oriente de la CDMX. Junto con él fueron abatidos siete de sus cómplices.

La magnitud de este evento revivió el debate sobre la presencia de cárteles del narcotráfico en territorio capitalino. Desde el inicio de su administración, el jefe de Gobierno, Miguel Ángel Mancera, ha rechazado esa posibilidad y ha asegurado que grupos como el Cártel de Tláhuac son “asociaciones delictivas” que no merecen esa denominación.

Sin embargo, hay estudios que lo contradicen. En abril del año pasado, June S. Beittel, analista de asuntos latinoamericanos en el Servicio de Investigación del Congreso de Estados Unidos, publicó el estudio México: crimen organizado y organizaciones del narcotráfico, en el que identifica que en la CDMX hay influencia del Cártel Jalisco Nueva Generación (CJNG), de los Caballeros Templarios y de la Familia Michoacana.

En noviembre de 2015, un reporte de la DEA informó que en la Ciudad operan cinco cárteles: Jalisco Nueva Generación, Los Zetas, el del Golfo, el de los Beltrán Leyva y el de Sinaloa. Aunque el documento reconocía que la capital mexicana era una de las ocho entidades que no tienen una “dominante presencia” de algunos de éstos cárteles.

Hay más: en territorio capitalino han sido capturados líderes del crimen organizado. Dámaso López Núñez, alias El Licenciado, presunto integrante del Cártel de Sinaloa y quien disputaba el liderazgo de la organización a los hijos de Joaquín El Chapo Guzmán, fue detenido el 2 de mayo de 2017 por elementos del Ejército mexicano en un edificio de departamentos de la colonia Nueva Anzures.

Vicente Carrillo Leyva, hijo del fallecido capo Vicente Carrillo Fuentes, fue aprehendido el 2 de abril de 2009 mientras hacía ejercicio en un parque de la colonia Bosques de las Lomas. Mientras que Vicente Zambada Niebla, hijo del también presunto jefe del Cártel de Sinaloa, Ismael El Mayo Zambada, fue detenido el 18 de marzo de ese mismo año.

Tras estos hechos, la autoridad capitalina ha tenido que aceptar que células de los distintos cárteles operan en el Valle de México, pero han insistido que a diferencia de grupos que abarcan toda la cadena del narcotráfico (siembra, trasiego, producción, almacenamiento y venta), aquí las bandas sólo se dedican al narcomenudeo.

Sin embargo, hay aspectos que no se pueden pasar por alto. Al ser la sede de los poderes federales, el crimen organizado opera en su territorio con particularidades muy específicas. Más que del narcomenudeo, organizaciones como La Unión Tepito obtienen sus ganancias del cobro de piso y de cuotas de protección, la extorsión o la piratería. Actividades propias del crimen organizado.

Al final, independientemente de la denominación que se le pueda dar, esos cárteles o células existen. Y el peor de los escenarios es que si no se reconoce el problema, no se combatirá eficazmente.

Mientras tanto tome nota, cada vez que vea colgados unos tenis de los cables; al puritito estilo colombiano, anuncian que ahí se vende droga.

Compartir