Hannia Novell

Se resistió, pero al final no pudo evitarlo. Para llegar a la candidatura presidencial, José Antonio Meade y su equipo han vendido a la militancia y a la ciudadanía una marca: la de ser un funcionario público eficiente y honesto, cinco veces secretario de Estado en administraciones del PAN y del PRI (Energía, Relaciones Exteriores, Sedesol y en dos ocasiones en Hacienda), sin que eso significara que estuviera afiliado a alguno de esos partidos.

Meade Kuribreña se convirtió así en el primer abanderado del PRI no militante. Un ciudadano que enarbolaba las causas del Revolucionario Institucional sin estar casado con ellas. De hecho, para que esto ocurriera el partido tuvo que confeccionarle un “traje a la medida” con la reforma a sus estatutos.

La decisión no era gratuita. Los priistas mejor que nadie saben que el peor enemigo a sus aspiraciones de continuar por seis años más en Los Pinos son, paradójicamente, el PRI mismo y Enrique Peña Nieto. Ambos conceptos son un lastre para Meade y para cualquiera que hubiera sido el candidato. La corrupción propia (la casa blanca; el plagio en la tesis; la propiedad de Luis Videgaray en Malinalco; Odebrecht y los supuestos sobornos al exdirector de Pemex, Emilio Lozoya), y ajena (gobernadores que en su momento fueron señalados como “el nuevo rostro del PRI, léase Javier Duarte), hacían prácticamente intransitable cualquier posibilidad de triunfo.

Pero el experimento fracasó. Los factores son múltiples: el candidato no conecta con su público, no emociona, es incapaz de transmitir que esa eficiencia y esa honestidad se va a transformar en mejores condiciones de vida. Peor aún, los potenciales votantes ven en él al artífice del gasolinazo, de medidas que hoy han llevado el precio de la gasolina Premium a romper el umbral de los 20 pesos por litro, cuando se nos vendió la idea de que la competencia abarataría los costos.

Así, luego de la precampaña, de la intercampaña, de un mes ya de actividades proselitistas formales y de un bajo desempeño en el primer debate, se tuvo que dar el golpe de timón. La primera medida fue relevar a Enrique Ochoa Reza de la dirigencia del tricolor para colocar a un militante de sepa que conoce muy bien los entretelones de la maquinaria: René Juárez Cisneros.

Además, este domingo 6 de mayo, Meade tuvo que vestir una chamarra roja y presumir, por primera vez, el logo del Revolucionario Institucional. En la explanada de la sede nacional, pidió a funcionarios, gobernadores, alcaldes, senadores, diputados y a los candidatos a los distintos cargos de elección popular, “jugársela a muerte” por el triunfo este 1 de julio.

Así ven en el PRI al primer domingo de julio: como una cuestión de vida o muerte. Hoy la pregunta es saber si les dará el tiempo o si el cáncer que padece la campaña ya hizo metástasis y hoy sólo queda recuperar lo que quede tras la peor debacle electoral que podría hacerles perder Los Pinos, ocho de las nueve gubernaturas en disputa (sólo son competitivos en Yucatán, según diversas encuestas), y convertirse en la tercera fuerza en el Congreso.

En las turbulentas aguas de la sucesión, esta nueva etapa en la campaña presidencial de la coalición Todos por México, me evoca a la imagen de la botella de champán estrellada en el Titanic rumbo a su irremediable encontronazo con el iceberg que lo hundiría. Sin embargo, como se dice en el ámbito del beisbol: esto no se acaba hasta que se acaba. Habrá que ver si como en los casos del Estado de México y Coahuila, la vieja estructura del partido es o no funcional en una elección federal.

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