Hannia Novell

La reelección legislativa es un fracaso anticipado. Los partidos han hecho de la política un juego de ambiciones, sin compromiso con las demandas ciudadanas.

Durante décadas, los diputados y senadores en México se han dedicado a mostrar una imagen deplorable, la del legislador haragán, irresponsable y ajeno a las necesidades y opiniones de sus representados.

Legislatura tras legislatura, sin distinción de colores y siglas partidistas, han circulado imágenes de congresistas dormidos durante las sesiones legislativas, ausentes de los debates, indiferentes a la opinión de sus electores y con una sumisa lealtad para el Presidente en turno.

Una serie de encuestas aplicadas entre 2012 y 2018, analizadas por el Instituto Belisario Domínguez del Senado, muestra que los representantes populares carecen de la confianza ciudadana, al obtener calificaciones reprobatorias en todos los sondeos.

El periódico El Universal publicó un análisis sobre la actividad legislativa de los diputados de la actual legislatura. De la revisión del Sistema de Información de Intervenciones se desprende que, de los 500 legisladores actuales, 448 buscan la reelección inmediata y sólo 52 declinaron esa posibilidad.

Durante los dos años y medio de la actual Legislatura, 56 diputadas y diputados de diferentes partidos políticos han tenido menos de cuatro participaciones en la tribuna del Palacio Legislativo; Martha Noriega, diputada de Morena, jamás ha hecho uso de la voz ante el Pleno de San Lázaro.

Además, al menos 14 diputados de Morena, Acción Nacional y Encuentro Social sólo han participado una vez durante las sesiones; y Jorge Emilio González, diputado del Partido Verde ha estado de “licencia” durante la mayor parte de su encargo como representante popular.

Si sumamos la indiferencia de los legisladores a las preocupaciones de sus electores, la presentación de iniciativas por sólo un grupo selecto de las fracciones parlamentarias y la falta de participación en los debates legislativos, el resultado se manifestará en que los legisladores acuden a las plazas públicas y recorren las calles de sus distritos electorales, sólo para buscar el voto. 

Después, desaparecen del escenario, dejando en el abandono a las mujeres y hombres que en ellos depositaron su voto y su confianza.

Diputadas y diputados que hoy buscan la reelección desoyeron a las madres y padres de los niños con cáncer, a las familias de los miles de desaparecidos, a científicos, campesinos y defensores de derechos humanos. 

La voz de los electores fue ignorada cuando exigieron a sus representantes populares impedir la eliminacion de fideicomisos. 

En 2014, la clase política le cerró el paso al tabú de la reelección. Al hacer posible que diputados y senadores tuvieran la oportunidad de repetir en el cargo de forma continua, perpetuaron la indiferencia al clamor social y privilegiaron los negocios inconfesables, corruptelas y nepotismo.

Se equivocaron quienes creyeron que la reelección consecutiva de congresistas era la ocasión para profesionalizar el trabajo legislativo, que sería un incentivo y los legisladores trabajarían con responsabilidad y sensibilidad social.

En democracias como la nuestra, donde la corrupción y la falta de transparencia y rendición de cuentas son características propias del quehacer político, la reelección es un estímulo para que los legisladores se sirvan del poder y sólo presten oídos a intereses ajenos a las verdaderas necesidades de los electores. Así que el camino al poder está lleno de piedras y  aún sigue lleno de promesas falsas. 

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