Hannia Novell

El Síndrome Floyd se ha despertado en México. La muerte a golpes de Giovanni López desató la indignación social por la brutalidad policiaca, con marchas y manifestaciones violentas que podrían extenderse a todo el país. Un mal augurio.

Los abusos policiacos y las actuaciones descontroladas de los agentes del orden tienen una larga historia en México. El movimiento estudiantil de 1968, los disturbios de Atenco en 2006 y la desaparición de los 43 jóvenes normalistas de Ayotzinapa, son tres casos emblemáticos de graves violaciones a los derechos humanos: maltratos físicos y emocionales, detenciones arbitrarias, actos de tortura y desapariciones forzadas.

En el marco de una serie de protestas que se desarrollan en Estados Unidos por el asesinato de George Floyd —un hombre negro que falleció a manos de la policía de Minneapolis, en Minnesota— Giovanni López murió en nombre de la salud pública.

Las versiones periodísticas señalan que Giovanni fue detenido, golpeado y que perdió la vida bajo la custodia de policías del municipio de Ixtlahuacán de los Membrillos, en Jalisco. Todo empezó porque el joven transitaba por las calles sin usar cubrebocas y terminó en el Servicio Médico Forense, con un traumatismo craneoencefálico, golpes en diversas partes del cuerpo y un balazo en la pierna.

Durante tres días seguidos, la Ciudad de Guadalajara fue escenario de una serie de manifestaciones. Al grito de ¡Giovanni no murió, el Estado lo mató!, mujeres y hombres, reclamaron los abusos y la violencia policiaca. 

Y lo peor que podría ocurrir, sucedió: un grupo de estudiantes de la Universidad de Guadalajara que participaba en las protestas frente a la denominada Casa Jalisco y la Fiscalía del Estado fue levantado por agentes ministeriales, quienes iban encapuchados y vestidos como civil. 

Encañonaron a mujeres y hombres. Luego de ser detenidos, arbitrariamente, fueron golpeados, vejados. Los desgarradores testimonios que circulan en las redes sociales dan cuenta del miedo como el principal protagonista de una película de violencia y represión policiaca. 

Durante largas horas, los muchachos permanecieron desaparecidos y la presión social crecía. Las protestas se extendieron a la Ciudad de México, donde se registraron desmanes, vidrios rotos y muros pintados de la lujosa zona de Polanco.

El trabajo de las organizaciones de derechos humanos y el eco que hicieron los medios de comunicación lograron exponer, visibilizar el tema y todos los jóvenes aparecieron con vida. Maltrechos, asustados e indignados, pero vivos.

La teoría de la conspiración que manejó el gobernador de Jalisco, Enrique Alfaro, —para señalar la mano de Morena como el origen de las manifestaciones con la intención de desestabilizar su gobierno— quedó también plasmada al descubrir que muchos de los encapuchados se trasladaron de la Ciudad de México al estado. 

Las dos últimas décadas han dejado en México una estela de violencia, dolor y muerte en prácticamente todo el territorio nacional. La emergencia sanitaria ha profundizado la pobreza, el desempleo y la austeridad mal entendida que el gobierno insiste en aplicar, no sólo ha cancelado las oportunidades de crecimiento, sino que ha eliminado de tajo, casi cualquier posibilidad de sobrevivencia.

Cuidado. No son tiempos para alentar la crispación ni el enfrentamiento. La tranquilidad y la paz social penden de un hilo y será responsabilidad de los gobernantes de todos los colores y siglas partidistas, actuar con responsabilidad, sensatez y sensibilidad. 

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