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Patricia no pudo velar a su madre por culpa de la pandemia. Por eso siente alivio mientras coloca los patos de juguete que le gustaban en su altar de Día Muertos, cuando según la creencia mexicana los difuntos vuelven a casa.

Además de esos muñecos sonrientes, la psicóloga de 48 años adorna la ofrenda con una foto de su mamá María Julieta, coloridas flores de cempasúchil, calaveras de azúcar, papel picado y su comida favorita.

Huevos con papa, sopa de fideos, fruta, galletas, Coca Cola y vino blanco, que nunca faltaron en la mesa de la mujer, fallecida el 6 de julio a los 85 años.

«Si hubiera puesto la ofrenda con todos sus patos, habría abarcado toda la casa. Nunca imaginé estar poniendo una ofrenda con patos, pero era lo que más le gustaba», dice Patricia Grain a la AFP.

Hipertensa y diabética, Julieta murió en casa tras dos meses en que prácticamente dejó de comer. El positivo para coronavirus se confirmó poco antes de partir.

No hubo velorio, solo rosarios y misas virtuales por las restricciones sanitarias, recuerda Patricia, que aún vestida de negro intenta llenar ese vacío con la ofrenda, tributo anual de los mexicanos a los que se marcharon.

«Es la única cosa que podemos hacer ahora dentro de casa (…) Es un respiro», afirma.

Vuelven los ánimos 

Esta misma motivación inspira otras ofrendas de cara al Día de Muertos, la mayor tradición de México que se celebrará el domingo y lunes próximos.

Será una conmemoración atípica, pues la mayoría de cementerios estarán cerrados por la epidemia que se ha cobrado más de 90 mil vidas en el país, el cuarto más enlutado.

Como un recordatorio de la nueva realidad, el altar de Julieta está entre el escritorio donde su hija trabaja y el pupitre en el que el nieto toma clases, ambos por internet.

Según la creencia, el Día de Muertos las ánimas regresan a casa para convivir con sus familiares, que les rinden honores.

Con esa fe se prepara la familia de Alma Romero, quien murió a los 41 años de una enfermedad pulmonar clasificada como presunto Covid-19.

La tristeza queda atrás cuando colocan con esmero y alegría el altar que Alma comparte con otros familiares ya fallecidos.

«Se van a pelear los muertitos, van a decir: ‘¿por qué a mí no me ponen nada?'», le dice una tía a uno de los más pequeños para explicar por qué se colocan varios panes de muerto, típicos de la conmemoración.

«La Coca de mi hermana, ¿Quién se la tomó?», interrumpe otra hermana de Alma. Además del refresco, que alguien sirvió de nuevo, la ofrenda tiene veladoras, tequila, copal y cirios. 

La espera de los vivos

Arreglado el altar, la alegría da paso a un momento solemne cuando varios parientes se plantan afuera de la vivienda para darle la bienvenida al espíritu.  

«¡A nuestros fieles difuntos, sean bienvenidos a nuestra casa para que convivan con nosotros en un banquete especial!», exclama uno de ellos. 

Luego se paran frente a la ofrenda mientras escuchan «Cuando muere una dama», de Jenni Rivera, la cantante preferida de Alma. 

«¡Quiero una última parranda por ahí en mi funeral! ¡Todos los que me quisieron la tendrán que celebrar!», se escucha cantar a Rivera mientras los deudos se concentran en el altar.

«Tratamos de estar más unidos, no alejarnos, estar al pendiente de nosotros. Fue algo que nos enseñó mi mamá. Ella era el centro de la familia», dice José Iván Gutiérrez, de 24 años, resumiendo el sentimiento que envuelve a quienes la aguardan en el mundo de los vivos. 

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