Alejandro Alemán

Vehículo de lucimiento para Brad Pitt, descarado ejercicio de apropiación cultural, vil operación de mercadotecnia, película hecha con algoritmo, complaciente pero divertida comedia de acción. Bullet Train (Japón, Estados Unidos, 2022), el quinto cortometraje del stuntman convertido en cineasta, David Leitch, es todo lo anterior y más.

Parece increíble, pero la cinta está basada en una novela Maria Beetle, de Kotaro Isaka, exitoso escritor japonés que entregó su obra sin importar que el guionista Zak Olkewicz borrara a muchos personajes japoneses para sustituirlos por estadounidenses.

Negocios son negocios y el algoritmo ordena que si quieres éxito internacional, necesitas estrellas globales. ¿Brad Pitt?, claro que no, ¡Bad Bunny!, cuya presencia (al menos en la función a la que acudí) genera gritos de deseo. Lástima, al parecer Pitt ya no calienta a nadie o al menos a ninguno de esta generación.

La trama es nimia: Brad Pitt es un ladrón a sueldo con ciertas dudas existenciales, al grado de que se rehúsa a usar un arma para su nueva misión: robar un maletín de un tren bala en Japón. Lo que no sabe es que el tren está plagado de otros mercenarios que buscan el mismo portafolios.

Esta cinta recurre (como The Grey Man, Russo’s, 2022) a la estrategia licuachela: mezclar ingredientes de moda, agitar y presentar en un escenario vistoso, de colores neón y edición frenética (a lo Guy Ritchie o mejor aún, a lo Tik Tok), con personajes y situaciones que ya hemos visto antes (la película es un gran saqueo al cine de Tarantino).

Pero Leitch (a diferencia de los hermanos Russo) tiene mucho más cuidado en que los ingredientes sean de mejor calidad. La dupla de Tangerine y Lemon (Aaron Taylor-Johnson y Brian Tyree Henry) —claramente reminiscentes a Jules y Vincent en Pulp Fiction— tiene buenos momentos gracias a sus diálogos tarantinescos. Los cameos resultan divertidos y claro, la acción está filmada con buen pulso (no en balde el pasado como stuntman del director).

Pero Leich sabe que no obstante todas las servidumbres que debe cumplir (desde Bad Bunny hasta cierto comercial de agua Fiji) es necesaria la presencia de una verdadera estrella, y esa estrella es Brad Pitt. 

Puede que el actor de 58 años ya no provoque gritos en las adolescentes pero su aportación a esta cinta va más allá de la taquilla: su innegable carisma, su sonrisa, y su veta cómica bastan y sobran para que nos contagie lo claramente divertido que le resulta ser (dicho por él mismo) “el tonto de la película”.

Su aura de estrella sigue siendo brillante, tanto como para arropar por completo esta cinta y hacer de ella algo un poco más relevante que un simple palomazo de verano. 

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