Alejandro Alemán

Lorena está por comenzar una carrera más. Va solitaria entre la gente. Ataviada con su clásico vestido de falda amplia y colores vivos. En su pausado caminar es detenida una y otra vez por los fanáticos que la reconocen y le piden una foto. Ella mira hacia la cámara, pero nunca sonríe. Su gesto adusto es tan imperturbable como la fuerza de sus piernas y tan inquebrantable como su voluntad de seguir avanzando.

María Lorena Ramírez tiene apenas 22 años y ha ganado el Ultramaratón de los Cañones en Guachochi, Chihuahua: 100 kilómetros recorridos en 12 horas con 44 minutos. De padres corredores y una tradición deportiva propia de su herencia rarámuri, Lorena es una campeona, pero también la antítesis de la mercadotecnia deportiva: ella misma se cose sus vestidos de falda larga y no le gusta usar tenis, prefiere sus viejos huaraches con los que ha recorrido cientos de kilómetros.

Ello no impide que sea -sin quererlo y tal vez sin saberlo-, toda una rock star de la cultura runner. Ha sido invitada a correr en España, Argentina, la CDMX y Japón. Al respecto Lorena dice poco —“no pienso en nada, se siente bien”—, agradece a los fanáticos pero agradece más el dinero que gana en las carreras. 

Así, con sus huaraches, su vestido y su voluntad a prueba de todo, Lorena va por los caminos empedrados, enlodados y empapados de la imponente sierra de Chihuahua que lo mismo abraza a la corredora con un estupendo  arcoíris que la castiga con una lluvia pertinaz.

En Lorena, la de pies ligeros, el estupendo documentalista mexicano Juan Carlos Rulfo (En el hoyo, Los que se quedan) nos regala apenas un atisbo en la vida de esta mujer extraordinaria. Oriunda de una comunidad enclavada en la sierra de Chihuahua, Lorena está acostumbrada a correr y caminar largas distancias, toda vez que su pequeña casa de adobe se encuentra a cinco horas de la escuela más cercana y a cuatro horas del vecino más próximo.

¿La pobreza o la geografía? alguno de esos dos han sido los entrenadores más duros de Lorena, una mujer que no pudo ir nunca a la escuela y que dice no haber usado nunca el transporte público. 

Pero el cortometraje de Juan Carlos Rulfo (disponible en Netflix y recientemente nominado al premio Ariel) no juzga ni cuestiona, solo mira con ojos de asombro (impresionantes tomas aéreas a cargo del director de fotografía, Hatuey Viveros) la vida sencilla de una atleta inigualable, de pocas palabras, de pocos recursos, pero de entrega total.

Lorena finalmente sonríe, pero el camarógrafo no le iguala el paso, ella ya se va, corriendo rápidamente entre caminos de piedra y arena de la majestuosa sierra que llama hogar. 

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