Alejandro Alemán

Los Miserables, la ópera prima del director Ladj Ly (nacido en Mali), inicia con una magnífica postal futbolera: Francia ha ganado la Copa Mundial de 2018 y todos los parisinos se lanzan a las calles para festejar. Es una imagen perfecta de júbilo y unión enmarcada por uno de los monumentos galos por excelencia: el Arco del Triunfo. 

Pero Ladj sabe que todo esto no es más que un espejismo. Al día siguiente esta Francia enorme, triunfadora, seguirá siendo una nación dividida y en constante tensión entre los varios grupos étnicos que conviven en aquel país.

Que el nombre de la película no los engañe, esto no es una recreación moderna de la épica de Jean Valjean ni tampoco un musical. El director toma prestado de Víctor Hugo tres elementos: el título de la novela, el lugar donde se desarrolla y la triste circunstancia de que, a más de 150 años de que se escribiera el texto original, las conflictos sociales, la desigualdad, la injusticia, la xenofobia y el racismo siguen presentes en la nación gala. 

El filme inicia con Stéphane (Damien Bonnar), un policía rural recién transferido a la unidad anticrimen de Montfermeil, uno de los distritos más conflictivos de París. Chris (Alexis Manenti) y Gwada (Djibril Zonga) son sus compañeros de patrullaje, quienes no dudan en usar su poder para extorsionar y amedrentar a la población. Stéphane trata de ser recto y cumplir la ley, pero sólo recibe burlas de sus compañeros.

La misión del día es tan absurda como bizarra: el león cachorro del circo gitano que visita la ciudad ha sido robado. Los policías recurren a los sospechosos comunes: la gente de los barrios bajos. La misión se complica cuando los oficiales son captados, mediante un dron, abusando de su poder. Ellos tratan de borrar la evidencia, lo cual enciende la mecha del descontento entre los diferentes habitantes del barrio.

Ganadora en Cannes 2019 y nominada por Francia como su representante en los premios Oscar de este año, Los Miserables es una extraordinaria cinta que contagia la autenticidad de un documental con la emoción que genera una cinta de ficción. 

El poderoso final y la constante crítica a la descomposición social empata, obviamente, con el cine de Spike Lee (Do The Right Thing, 1989), pero la cinta también se une al zeitgeist cinematográfico que componen cintas recientes como Parasite, Knives Out, Us, Mano de Obra e, incluso, hasta Joker: todas estas películas ven el encontronazo de clases como resultado inevitable de un sistema que no parece tener la menor intención de incluir a los más pobres, a los migrantes, a los Jean Valjean modernos que siguen robando panes o leones o drones. 

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