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Manuel Lino / Los Intangibles.com

En principio, que un solo equipo esté desarrollando a un mismo tiempo una vacuna contra el covid-19, una forma de dosificar un medicamento y una prueba serológica puede parecer un exceso; sin embargo, al platicar con los profesionales que coordina la doctora Edda Sciutto el tema adquiere sentido, tanto por su origen como por sus metas.

Como inmunóloga, Edda Sciutto ha tenido sus principales logros en un campo lejano a los coronavirus: la cisticercosis, en donde su equipo del Instituto de Investigaciones Biomédicas de la UNAM ha formulado ya tres vacunas que, si se aplican a los cerdos, pueden prevenir esta parasitosis en los humanos.

El cisticerco es como un gusano, es la larva de la Taenia solium, comúnmente conocida como solitaria, y lo podemos adquirir si comemos carne de cerdo mal cocida que contenga huevecillos. El gusano puede traspasar la pared intestinal e ir a alojarse a algún tejido de nuestro cuerpo; si éste es un músculo, no es tan problemático, pero si es el cerebro puede ser muy grave.

›Fue por su trabajo con la neurocisticercosis en humanos que a Edda se le ocurrieron tres propuestas: Una, la administración de dexametasona por vía nasal, que podría ser determinante para salvar la vida de los pacientes graves de Covid-19; otra, el inmunodiagnóstico, que permitiría, de forma sencilla y barata, observar cómo se comporta el virus en las diferentes poblaciones mexicanas, y una más, la vacuna, que podría prevenir la enfermedad.

“Hablé con Juan Pedro Laclette (también investigador de Biomédicas) y con Sergio Rosales de San Luis Potosí, las personas en las que más confianza tenía, y dijimos: Vamos a juntar todo la lana que tenemos en distintos proyectos y comprar lo que necesitamos básico para empezar, después vemos cómo lo justificamos”. Y así fue, compraron equipos de protección, péptidos, genes, reactivos y empezaron a trabajar… 

20 a 30% de los pacientes Covid  parecen tener afectaciones en procesos cognitivos.

Los cisticercos inflamatorios

Pie: Estudiantes voluntarios trabajan (con material no patógeno en la imagen) en el Instituto de Investigaciones Biomédicas. Crédito: Miranda Nathalia Suárez Peredo Ramírez

Ante una infección, sea de virus o parásito, nuestro sistema inmune reacciona de inmediato para protegernos y desarrolla un proceso complicado que lleva el nombre de su manifestación más evidente: la inflamación. Sin embargo, nuestras defensas pueden sobrerreaccionar. “Si se exacerba la inflamación, mata al paciente”, explica Edda. 

Así que una de las labores principales de los médicos ante las infecciones graves es mantener al sistema inmune dentro de ciertos límites. Para ello usan diversos antiinflamatorios. 

Joselín Hernández, de la Unidad de Medicina Experimental de la UNAM en el Hospital General de México y quien dirigirá el estudio clínico de Covid, explica que “el uso de dexametasona es más sencillo que el de otros medicamentos, es una molécula vieja y noble”, y Graciela Cárdenas —investigadora del Instituto Nacional de Neurología y Neurocirugía, donde se va a llevar a cabo parte del estudio—, añade que esta sustancia es un esteroide muy parecido a nuestras hormonas endógenas, además de ser accesible y barata. 

Pero hasta la dexametasona es difícil de usar y puede ser peligrosa en casos de neurocisticercosis, debido a que existe una barrera entre la sangre y el sistema nervioso central (llamada barrera hematoencefálica) que no permite el paso de las sustancias. 

Sciutto explica que “se tienen que administrar dosis altas de dexametasona para controlar la inflamación; pero inhibir la inflamación tiene costos”, porque al bajar la acción del sistema inmune, el paciente se puede quedar sin sus defensas naturales a merced de la enfermedad.

Justo en los últimos experimentos de Sciutto con neuroinflamación pudieron ver, en vivo y en tiempo real, que al dar el medicamento marcado con fluorescencia por la vía nasal llegaba al sistema nervioso central “al minuto de haberlo administrado”; también, por supuesto, llegaba muy rápidamente al sistema respiratorio. 

“Cuando empezó todo el tema de Covid-19 pensé que esta podía ser la solución”. Especialmente cuando se vio que los virus pueden entrar al sistema nervioso central por el nervio olfatorio y desde ahí ocasionar paros respiratorios y cardiacos, comenta Sciutto.

Hernández agrega que en el Hospital General ya se han reportado que Covid-19 puede estar afectando procesos cognitivos, los pacientes experimentan letargo, pérdida de memoria a corto plazo y en la atención.  

No sucede en todos los casos, “pero no es algo menor, podría estar entre el 20 o 30% de los pacientes. Creemos que esa proporción de pacientes con deterioro cognitivo podría ser disminuida con el uso de dexametasona, tanto en el tratamiento hospitalario como a futuro”, para lo cual planean seguir con el tratamiento con dexametasona inhalada y las evaluaciones de neurocongnición de tres a seis meses. 

5% de los mexicanos podría ya tener inmunidad a Covid-19, en el panorama más optimista

Evaluación poblacional

Estudiantes voluntarios trabajan con material no patógeno en el Instituto de Investigaciones Biomédicas. Crédito: Miranda Nathalia Suárez Peredo Ramírez

Desde mucho antes de trabajar en la neuroinflamación, el equipo de Biomédicas desarrolló el inmunodiagnóstico; es decir, una prueba de detección de anticuerpos que les permitiera saber si los cerdos y los humanos están infectados con cisticercosis, “y cuando empezó la pandemia pensé que iba a ser muy importante monitorear la inmunidad de la población”, recuerda Edda. 

La prueba que están diseñando puede medir dos tipos distintos de anticuerpos: los tempranos (llamados IgM, por inmunoglobulinas macro), que indican una infección que está presente en el momento que se toma la muestra, y los tardíos (llamados IgG), “que cuando prevalecen sobre las IgM se asume que hubo una infección que ya está resuelta”, explica Sciutto. 

Laclette agrega que “tenemos dificultades cada vez más claras para saber cuántas personas están infectadas. Actualmente las cifras oficiales andan por 250 mil, pero claramente hay una subestimación, ha de ser de unas 10 o 20 veces más. Quizá hay dos millones infectados, o 4 millones, no tenemos mucha certeza… Pero si consideramos que somos 120 millones de mexicanos, todavía la proporción de la población que ha tenido contacto con el virus es relativamente pequeña. Entonces es muy importante desarrollar la prueba inmunológica que detecte no la presencia del virus sino el contacto que los individuos han tenido con él, de manera que podamos tener una idea de cuál es el nivel de inmunidad poblacional”. 

“Esto permitiría fundamentar las decisiones, ya de por sí muy complicadas, de las autoridades de salud en el control de la pandemia”, dice el inmunólogo.

40 proyectos relacionados con Covid-19 se están trabajando en el INER. Van desde las pruebas clínicas de diversos fármacos hasta el desarrollo de terapias para la recuperación de las secuelas de la infección.

Por supuesto ya existen pruebas serológicas, pero cuestan entre mil y dos mil pesos, “pero el método que estamos desarrollando a un plazo relativamente corto, un mes y medio o dos meses, sería sustancialmente más económico”. 

Sin embargo, no sería para uso personal que se pudiera comprar en las farmacias, dice Sciutto, “para eso habría que involucrar a las compañías farmacéuticas y pagar patentes. La meta es salir con una prueba que sea sensible, específica y que cueste entre 50 y 100 pesos cada prueba”. Los investigadores consideran que serían herramientas muy útiles para diversas autoridades, universidades, hospitales, mercados…

«La competencia por la vacuna es muy fuerte, están sumadas grandes empresas farmacéuticas transnacionales (…) está Pfizer, que invierte más del doble de lo que invierte todo México en ciencia, tecnología e innovación”. Juan Pedro Laclette, investigador del Instituto de Investigaciones Biomédicas de la UNAM.

Más entrevistados: Joaquïn Zúñiga del Instituto Nacional de Enfermedades Respiratorias (INER), Graciela Cárdenas del Instituto Nacional de Neurología y Neurocirugía.  Juan Pedro Laclette del Instituto de Investigaciones Biomédicas, 

En competencia por la vacuna

En el tercer proyecto, el de la vacuna y participan principalmente el equipo de Biomédicas, la Facultad de Medicina Veterinaria y Zootecnia de la UNAM, la Universidad Autónoma de San Luis Potosí y en colaboración con el Instituto Nacional de Enfermedades Respiratorias (INER). 

En principio, la estrategia no es muy distinta a otras que existen en el mundo: están sintetizando, en la UASLP, los blancos principales del SARS-CoV-2, en particular, la región con que la proteína espiga (S) del virus interacciona con el receptor ACE-2, a través del cual entra a la célula; pero el equipo mexicano haría una innovación en la forma de administrar la vacuna. 

“Pensamos que la coordinación de una vacuna que pueda tener una dosis subcutánea y una dosis intranasal puede desarrollar inmunidad sistémica generalizada y también fortalecer la inmunidad en mucosas, y esto es particularmente importante para un virus respiratorio”, explica Sciutto. 

›De momento trabajan en ensamblar la vacuna para evaluar si se genera inmunidad y protección en hamsters, cuyo receptor ACE-2 es similar al de los seres humanos. “Para esto -explica Sciutto- estamos sumando esfuerzos con la gente que está desarrollando también una vacuna, en el Instituto de Biotecnología de la UNAM, incluso para evaluar combinaciones de la vacuna que nosotros tenemos con la que ellos generen, pensando en aumentar la eficiencia y pensando también en optimizar los recursos, tanto humanos como económicos”.

Laceltte agrega que “la competencia por la vacuna es muy fuerte, están sumadas grandes empresas farmacéuticas transnacionales. Por ejemplo, está Pfizer, que invierte más del doble de lo que invierte todo México en ciencia, tecnología e innovación. Entonces la única oportunidad que tenemos los mexicanos para competir en este ambiente es sumar esfuerzos”. 

A esta idea se suma, por un lado, Joaquín Zúñiga, director de investigación en el INER, quien comenta que “estos esfuerzos con varios grupos de investigación con diferentes fortalezas genera una lluvia de proyectos que al final de cuentas nos ayuda a compartir infraestructura e insumos, algo que no sucede mucho en nuestro país”.

Por su parte, Francisco Suárez, director de la Facultad de Veterinaria, comenta que “el mundo de la investigación en México es pequeño y tenemos que colaborar”.

21 candidatas de vacunas se encuentran ya en fases clínicas (con humanos), de acuerdo con el registro de la organización mundial de la salud; 139 se encuentran en fases preclínicas.

No será la última

Sciutto conoce muy bien los problemas asociados a producir, escalar y llevar innovaciones biotecnológicas al mercado mexicano. “En el caso de la vacuna de cisticercosis, desarrollamos tres versiones de la vacuna, una sintética, una recombinante infectable y ahora tenemos la vacuna oral de papaya (sí, a los cerdos podría bastarles comer papaya para tener inmunidad)… No hemos logrado que ningún laboratorio se interese en su producción”. 

Por su parte, Laclette hace notar que “esta pandemia, igual que la H1N1, nos toma desorganizados… Se viene la pandemia y cada una de las instituciones trata de reaccionar de la mejor manera posible”; pero sin coordinación general. 

“Ya se había planteado desde el 2009 la necesidad de hacer un diseño institucional para responder con prontitud ante las pandemias. Esta no va a ser la última. En lo que va del siglo se han presentado media docena y van a seguir. Sería importante hacer un diseño institucional que coordine los esfuerzos de los investigadores clínicos en el sector salud, de los investigadores básicos en las instituciones de educación superior, de los economistas, de los modelólogos, etcétera”, apunta. 

Por lo pronto, este equipo multidisciplinario, con investigadores de diversas instituciones y la ayuda de estudiantes que se ofrecieron como voluntarios para hacer los experimentos, son una especie de modelo a escala de lo que sería necesario para afrontar emergencias como esta.

El dato. El 16 de junio se aprobó la dexametasona para su uso en pacientes graves, pues en el estudio RECOVERY aumentó la sobrevivencia de los pacientes intubados; hasta ahora no se ha probado su eficacia por vía nasal.

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