Raúl García Araujo

Desde el gobierno del presidente Andrés Manuel López Obrador tienen enfocada una lámpara sobre un grupo que se mueve subrepticiamente, con recursos humanos y financieros vastos, trabajando al nivel del fango de la política rumbo al 2024.

El objetivo: lograr la candidatura presidencial, a través de acuerdos políticos, promesas de negocios con empresarios de diversos sectores, posiciones en el futuro gobierno, y en los poderes Legislativo y Judicial.

Su estrategia: trabajar desde ya en las diferentes entidades de la República con organizaciones, partidos y liderazgos sociales y políticos, y en las embajadas y-o consulados donde cuentan con gente de su confianza para conformar un frente lo más amplio y diverso posible.

La idea es obtener tal fuerza política, a partir de los acuerdos logrados, que llegada la definición de la candidatura presidencial, el presidente López Obrador no tenga otra opción que la que representan ellos, si éste opta por la unción de su sucesor, o bien si elige como método de elección la de la encuesta para determinar al mejor posicionado.

Trasladado a la analogía de una arena de lucha libre, ello constituiría una torcida de brazo hasta obtener la rendición del adversario, en este caso del presidente López Obrador.

El beneficiario de esa estrategia bien diseñada, pero a veces ejecutada con torpeza y obviedad, sería Marcelo Ebrard Cassaubón, titular de la Secretaría de Relaciones Exteriores y sucesor constitucional de López Obrador, en la jefatura de Gobierno del entonces Distrito Federal.

A pocos meses de iniciada la actual administración se gestó la idea, la cual incubó rápidamente y varios de sus impulsores le dieron forma y la echaron a andar.

Se conformaron varios grupos, con diferentes perfiles, unos políticos; otros con incidencia en los medios de comunicación, a partir de sus responsabilidades en gobiernos anteriores, y aún en el actual gobierno, y otros con experiencia y contactos en el ámbito de las relaciones exteriores.

Y con recursos, quién sabe de dónde, pero con holgura, alejados de la austeridad republicana que mandata la cuarta transformación, se dispusieron a emprender sus respectivas tareas.

El grupo político se dedica a viajar por los estados para contactar a líderes de partidos políticos más o menos afines, a veces sin tomar en cuenta a los de MORENA, porque éstos son cercanos al presidente López Obrador o a sus huestes y por ende no son de su confianza; a líderes sociales y políticos sin partido, a quienes se ofrecen posiciones en los legislativos locales o federal a cambio de apoyo para su causa; a líderes empresariales de su confianza, a cambio de promesas de inversión.

Una de las cabezas más visibles de este grupo es Julio César Sánchez Amaya, nada menos que primo hermano de la directora general de Atención Ciudadana del actual gobierno, Leticia Ramírez Amaya, y una de las personas del primer círculo de López Obrador, por cuyas manos pasa la decisión de gestionar o negar los apoyos de los programas sociales de la cuarta transformación.

A su vez, Sánchez Amaya, es del grupo cercano a Marcelo Ebrard, y quien encabeza a una célula de amplia experiencia en el manejo de grupos políticos.

A este mismo grupo político pertenecen varios colaboradores importantes del equipo del secretario de Seguridad Ciudadana, Alfonso Durazo Montaño, entre ellos Jesús Valencia Guzmán, exdiputado federal y exdelegado en Iztapalapa, actualmente titular de la Unidad de Políticas y Estrategias para la Construcción de Paz en Entidades Federativas.

Valencia Guzmán es de los hombres más cercanos a Marcelo Ebrard y quien tiene una gran ascendencia sobre integrantes del equipo del secretario Alfonso Durazo, que son los responsables de desarrollar e implementar los trabajos de inteligencia del actual gobierno.

Los embajadores y representantes de consulados, de confianza, se dedican a cabildear para obtener simpatías y apoyos del exterior para el que les aseguran, será el sucesor de López Obrador.

El otro grupo, el de los comunicadores, cuya cabeza visible es Oscar Argüelles está dedicado a trabajar con periodistas desempleados, en activo, exdirectivos y excolaboradores de administraciones priistas, afectados por la llegada de la cuarta transformación, y por directivos de áreas de Comunicación Social de la mayoría de dependencias del actual gobierno (por increíble, que parezca).

Su labor es minar, de manera abierta o soterrada, desde los grupos de periodistas que se arman, al amparo de las redes sociales, de columnas políticas y de voz en voz en sus círculos, la imagen del presidente de la República y enaltecer, sobredimensionando, la labor que se hace en la cancillería.

Todas las ofensas, calificativos, groserías y descalificaciones que le atribuyen a López Obrador, le son retribuidos con loas y reconocimientos al canciller.

Amén de que este grupo siga con su ardua labor bajo tierra, lo importante para el gobierno de López Obrador es que sus principales integrantes son también vigilados, han sido puestos bajo la lupa, están siendo lampareados.

Compartir