Raúl García Araujo

El senador Ricardo Monreal se vuelve a enlistar en el tablero del que fue excluido, y prácticamente se autodesigna candidato presidenciable.

Habilidoso como es, mañoso, como ha sido siempre, teje ahora desde los medios de comunicación, con los que ha construido una relación perversa, una línea discursiva que tiende a su reinclusión en una lista de la que fue excluido por el propio presidente Andrés Manuel López Obrador.

La reunión a la que los convocó el secretario de Gobernación, Adán Augusto López Hernández, a él y a Claudia Sheinbaum, el pasado 28 de septiembre con el propósito de mandar un mensaje de unidad y no de confrontación, bastó para que el expriista hiciera un recorrido por los medios informativos radiofónicos ese mismo día, en donde con entrevistas a modo se volvió a insertar en una lista, por cierto, ya engrosada, con la llegada de un tabasqueño a la Secretaría de Gobernación.

Como por arte de magia la mayoría de los columnistas festinaron el autoregreso de Ricardo Monreal al tablero presidencial del que había sido indebidamente -por tempranera y ruda decisión- sacado hace algunas semanas y que ahora se quiere enmendar, por lo menos en la forma.

Y hacia allá se encamina el mensaje del presidente López Obrador con la reunión entre Sheinbaum y Monreal, convocada por el secretario de Gobernación, sin motivo ni razón, más que para la foto que ayudaría a potenciar la narrativa del extraño retorno del senador a la lista de los presidenciables.

Y para dar mayor consistencia a esa idea preconcebida, Monreal dijo ante sus jilguerillos, embelesados con la noticia, que en esa lista faltaba Marcelo Ebrard.

Le está saliendo caro al presidente el chistecito de sacar muy de madrugada a Ricardo Monreal de esa relación de presidenciables. 

En su momento hicimos ver en esta columna, estimado lector, el error del presidente de esa exclusión tempranera y lo resumimos parafraseando al clásico y divo de Juárez, «pero qué necesidad…».

Derivado de esa pésima decisión, el presidente López Obrador está teniendo que pagar favores, producto de acuerdos, uno de los cuales es el arribo de la ministra Olga Sánchez Cordero a la Mesa Directiva del Senado, la cual estaba entonces en manos de un incondicional de Monreal.

Como parte de esos acuerdos con quien antaño desayunaba todos los lunes huevos, jamón, pan y café con leche, figura esa reunión entre Sheinbaum y Monreal, así como la designación del delfín de este último, Rodolfo González Fernández, como delegado de Bienestar en Tamaulipas.

Rodolfo González dejó de ser con ello el titular de Radio, Televisión y Cinematografía (RTC), y es a partir del primero de octubre nuevo delegado de Bienestar en esa entidad, con lo que se convierte en fuerte aspirante a esa gubernatura, que celebrará elecciones en junio del próximo año.

Caro está saliendo el error de estrategia cometido por el presidente, señalado por En Corto, en su momento, ya que además de conceder a Monreal la gubernatura de Zacatecas para su hermano David, ahora tendrá que dotarlo de más poder, dándole la posibilidad de hacerse también de la de Tamaulipas.

Acordar con alguien que trae las malas prácticas priístas es sumamente peligroso, y eso lo sabe el presidente López Obrador, quien ahora está pagando los costos no solo de la exclusión tempranera del presidente de la Junta de Coordinación Política (Jucopo), sino de su error de adelantar a la mitad de su administración, la carrera por su sucesión.

Tan lo sabe que ya probó las hieles del poder, cuando en las pasadas elecciones, perdió gran terreno en la Ciudad de México, al ser derrotado Morena en varias alcaldías, pero particularmente en la que gobernará Ricardo Monreal y su delfín, Rodolfo González.

De la misma forma que perdió votaciones importantes para consolidar su Cuarta Transformación en el Congreso, donde las virtudes de Monreal como gran negociador simplemente estuvieron ausentes.

Ahora Monreal se rehace, trata de reinventarse, logra los acuerdos que le permiten su autoreinserción y teje otros igualmente peligrosos con sus aliados, de cara a la sucesión presidencial.

Y como muestra solo un botón, la reunión que tuvo primeramente en privado, y luego multicitada por sus corifeos, con el secretario de Relaciones Exteriores, Marcelo Ebrard, tan luego se daban los acontecimientos antes descritos.

La unidad de estos dos personajes resulta extremadamente de cuidado para los afanes transformadores del presidente López Obrador, quien ahora, con su presencia en la Ciudad de México da auténticas bocanadas de aire a una jefa de Gobierno gris, que no despunta, pero que el presidente la guarda en su corazón.

Con este par peligra también su propósito de seguir haciendo historia y dejar como sucesora a una mujer, de seguir la oposición desdibujada y cometiendo errores garrafales como los del PAN, con la reelección de la presidencia partidista de Marko Cortés, lo cual facilita la repetición de Morena para 2024.

La apuesta de Monreal y compañía está echada, gana ahora en el marcador, pero soslaya una cosa fundamental, que el presidente Andrés Manuel López Obrador es también un viejo lobo de mar que a diferencia de lo que dice, no perdona y mucho menos olvida.

En Cortito: A propósito de olvidos, el presidente de la Suprema Corte, Arturo Zaldívar Lelo de Larrea, parece estar en el baúl de los recuerdos del presidente, López Obrador.

Parece haber perdido toda su fuerza en Palacio Nacional donde hasta hace no mucho era invitado y nombrado un día sí y al siguiente también.

Como también le expresamos aquí su fuerza radicaba en la que le daba su amigo el ex jurídico de la Presidencia, Julio Scherer Ibarra, quien le supo vender al presidente la ilusa idea de que Zaldívar, solo, podría consumar la transformación del Poder Judicial.

Tardó el presidente en darse cuenta, pero ya lo hizo, de que esa idea era falsa, porque más allá de la imposibilidad de la misma, el hombre elegido para ello, no era el indicado, toda vez que se trata de un lobo vestido de oveja.

Un personaje que es de la 4T solo en el papel, en el discurso, porque en su interior reproduce lo que hipócritamente crítica en público.

Reproduce los excesos del poder dorado, viaja al extranjero, pero no a cualquier ciudad, lo hace a las más caras del mundo y come en los lugares más caros y extravagantes, mientras que el presidente López Obrador lo hace en cualquier fondita de provincia, a costos que no se acercan siquiera a la propina que Zaldívar tiene que dejar por sus consumos realizados. 

Reproduce también el nepotismo, el racismo, la discriminación, la violación a los derechos humanos y el mal trato, particularmente hacia las mujeres, cosas que tanto crítica hacia afuera.

De todo ello se ha dado cuenta ya el presidente, lo que le valió bajarlo del nicho en que lo tenía, gracias a los malos oficios de Julio Scherer, alentado por el gran amigo de él y de Zaldívar, el ex jurídico de la presidencia, Humberto Castillejos, cuyo parentesco niegan sus parientes al interior de la Corte, para salvar el pellejo y no poner en entredicho el discurso de Zaldívar contra el nepotismo.

De todo ello ya se dio cuenta el presidente, de cuyo olvidó ya acusó el propio Zaldívar, quien para mantener su vigencia recurre ahora a las conferencias a modo con la fuente de la Suprema Corte, llenas de “Lord Moléculas”. Y últimamente a la ridiculez, para un ministro de la Suprema Corte, de incursionar en una red social, que es para jóvenes y cosas superficiales y para el divertimento, preferentemente, como lo es Tik-Tok.

Lo dicho, el presidente López Obrador ni perdona, ni mucho menos olvida, como sí ha olvidado su nombre en repetidas ocasiones de quien presume ser su amigo.

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