Raymundo Riva Palacio

Las relaciones bilaterales entre México y Estados Unidos se encuentran en un mal momento, y sin importar quién gane la elección presidencial, lo más probable es que empeoren. Pero no hay que confundir relación bilateral con relación personal, porque es distinto. Puede haber buena relación personal y mala en lo bilateral. Aunque ayuda lo primero, no resuelve lo segundo. Aquí, el dilema no es si Donald Trump se mantiene en la Casa Blanca o la pierde ante Joe Biden, sino si el presidente Andrés Manuel López Obrador deja de jugar a las vencidas con Estados Unidos y querer obligarlos a compartir su visión coyuntural de país, sin importar que viole los acuerdos firmados entre los dos países.

En toda relación lo importante es la certidumbre, que se construye cuando se cumple la palabra empeñada. No se daña si discrepan, como cuando el presidente George H.W. Bush le dijo al presidente Carlos Salinas que iba a invadir Panamá, y como respuesta recibió la advertencia que México condenaría esa acción militar. Lo que se exige es hablar con claridad, como cuando el presidente Miguel de la Madrid se opuso a la intervención de Estados Unidos en Nicaragua durante el gobierno de Ronald Reagan. O cuando el presidente Richard Nixon amenazó al presidente Luis Echeverría para que no apoyara el ingreso de China a la ONU, quien al no comprometerse a hacerlo, respaldó su llegada al organismo.

La empatía o antipatía entre los presidentes no impacta la relación bilateral, como sucedió cuando José López Portillo maltrató a James Carter durante su visita a México, pero afecta la personal, como cuando Salinas insistió en reunirse con Bush un mes antes de la elección presidencial, y luego de su derrota, tuvo que soportar el frío que le dio Bill Clinton tras ganar la Presidencia, que no impidió para que, al ver los beneficios del Tratado de Libre Comercio de América del Norte, fuera el cabildero mayor en el Capitolio, para obtener su ratificación.

López Obrador tiene una inmejorable relación personal con Trump, quien lanza lisonjas al tabasqueño. Nunca se había dado nada parecido, lo que recuerda el dicho que cuando un adversario acaricia tu espalda, algo malo debes estar haciendo. En este caso, todo el trabajo sucio de Trump –sus políticas migratorias racistas y represivas, particularmente-, se lo ha hecho el Presidente mexicano, quien tiene cero palabras críticas o reclamos cuando insulta a sus gobernados.

No hay ninguna evidencia concreta que su genuflexión ante Trump le haya dado frutos a México. Ni siquiera cuando le entregó la política migratoria y de asilo para que no impusiera sanciones comerciales, porque en el pasado los presidentes optaron por la negociación, no por la subordinación, y obtuvieron idénticos resultados. Lo que sí habrá, pese a todo su esfuerzo por no molestarlo, es un deterioro en la relación bilateral, a menos que cambie su visión política y entienda que no puede decir una cosa y hacer otra, ni alcanzar compromisos y luego romperlos pensando que no habrá consecuencias. Eso, ya sabemos sin embargo, no pasará.

Con Trump o Biden, López Obrador va a tener que enfrentar las realidades a las que se ató con el gobierno de Estados Unidos. Una parte muy importante es el tema laboral dentro del nuevo acuerdo comercial norteamericano, donde aceptó la existencia de delegados laborales que revisen las condiciones de trabajo, salariales e incluso los contratos colectivos de las empresas que exportan sus bienes al mercado regional. Aquí es donde hay énfasis. Con Trump, la aplicación de ese oscuro inciso en el acuerdo, será más laxo que con Biden, donde los sindicatos son una parte importante de sus bases electorales. Pero en ambos casos es una cesión de soberanía, que será tomada y empleada a costa de empresas y sindicados mexicanos.

Trump o Biden se van a poner siempre a favor los inversionistas estadounidenses, que ha incrementado su presión en Washington para que obliguen a López Obrador a que respete la ley en materia energética. El matiz negativo sería con Biden, quien tiene en su programa de gobierno el impulso al cambio climático con energías limpias, las cuales se encuentran en las antípodas del pensamiento de López Obrador, que piensa en los combustibles fósiles como el futuro sucio del desarrollo energético nacional.

Otro tema donde la relación bilateral se está enturbiando es en el tema de la seguridad. Con Trump, las agencias policiales y de seguridad, como se explicó el lunes en este espacio, tienen en la mira a su gobierno por ineficiente y por su complicidad no escrita con los cárteles de la droga. Con Biden no cambiará, y en ambos casos, la captura del ex secretario de la Defensa, el general Salvador Cienfuegos, es el anuncio de lo que vendrá en ese campo dentro de las relaciones bilaterales. Otro matiz con Biden será la intervención directa en América Latina en temas de corrupción, a través de la ONU, en donde el gobierno y entorno de López Obrador parece estar cada vez más sumido. El caso del general Cienfuegos esboza hasta dónde están dispuestos a llegar.

Una lectura fácil es que Trump le conviene más a López Obrador que Biden. A nivel personal, la apreciación es correcta. Los dos son muy parecidos, autoritarios, antisistémicos, populistas y mentirosos. Biden es distinto, al ser un político profesional. Pero en el terreno de la relación bilateral, converge la visión de los intereses por encima de la amistad, y es la maquinaria del gobierno y los grupos que inciden en él, quienes determinarán cuál será la política a seguir. En las últimas semanas se ha podido apreciar el apretón de esos grupos sobre López Obrador y su gobierno. No parará después del 20 de enero, sino que se intensificará, cuando asuma el nuevo Presidente de Estados Unidos, ya sea Biden o Trump.

rrivapalacio@ejecentral.com.mx

Twitter: @rivapa

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