Raymundo Canales de la Fuente

Es un hecho conocido en medicina que las salas de terapia intensiva mantienen una mortalidad de sus pacientes que oscila entre el 50 y el 80% dependiendo del tipo de padecimientos que se evalúen, pero la cifra obviamente depende de los criterios de ingreso a esas complejas unidades.

Como lo he señalado previamente, en términos generales se acepta que el internamiento se restringe a personas gravemente enfermas pero que presentan evaluaciones claras que permiten presumir que son recuperables; es decir, que los días de internamiento transcurrirán con la posibilidad de supervivencia del paciente.

Si el enfermo o enferma presenta un padecimiento terminal sin posibilidades de recuperarse, por ejemplo una persona con algún tipo de cáncer avanzado que no sea susceptible de tratamiento, se le sugiere el ingreso a una unidad de cuidados paliativos para apoyar y aliviar el dolor en su tránsito hacia la inevitable muerte.Constituye parte fundamental del deber del médico, apoyar a las personas a morir dignamente y con el menor sufrimiento posible.

La tasa de mortalidad de una sala de terapia intensiva es también una manera de evaluar el desempeño de la misma en tanto sus criterios para aceptar pacientes; si es muy elevada quizá se están aceptando a muchas personas sin pronóstico, y por el contrario si es demasiado baja quizá se están dejando fuera a otras personas recuperables.

No es fácil decidir con criterios racionales y exactamente para eso el Consejo de Salubridad General publicó recientemente la Guía Bioética, lo que implica también que los hospitales deben contar simultáneamente con salas de cuidados limitados y paliativos que se le puedan ofrecer al enfermo de covid muy grave, sin pronóstico para vivir.

Empezamos a ver los primeros signos de dicha estrategia, el Instituto Nacional de Cardiología, que por cierto tiene su terapia intensiva a tope con enfermos muy graves de Covid-19, anunció hace unos días el establecimiento de una zona del nosocomio para cuidados paliativos.

En Europa, durante las peores fases de la epidemia aparecieron prácticamente en todos los hospitales con terapia intensiva, salas similares que además no significaron el abandono del enfermo, sino el uso de oxígeno mediante técnicas no invasivas como el que se administra mediante mascarillas, con las cuales el paciente puede permanecer despierto.

La sorpresa fue que algunos (muy pocos por cierto) salieron adelante con esa variante de tratamiento. En suma se trata de que en el triage (la unidad de evaluación rápida que recibe al enfermo) se pueda decidir si una persona concreta se va a beneficiar claramente del ingreso a un lugar de agresiones múltiples (como el ventilador) o por el contrario no existen humanamente posibilidades de revertir su deterioro para lo que se le debe ofrecer un tratamiento palitativo sin abandonar el uso de oxígeno.

Tendremos que evaluar a corto plazo el desempeño de todas nuestras salas de terapia intensiva covid para darnos una idea clara del desempeño de nuestra atención institucional y propiciar el uso de la guía de marras. Se trata de salvar la mayor cantidad de vidas posibles, dirigiendo los recursos más sofisticados a quienes sea posible sacar adelante.

Por supuesto a pesar de los esfuerzos, será imposible salvar a todos. Ojalá seamos testigos a corto plazo de mas modificaciones como la del Instituto Nacional de Cardiología.

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