Simón Vargas

“La educación genera confianza. La confianza genera esperanza. La esperanza genera paz.” Confucio

Después de 22 meses de que las calles se observaran vacías, los negocios permanecieran cerrados, los viajes y vuelos se pausaran y los centros educativos decidieran detener las clases para evitar los contagios, es probable que comencemos a ver de frente las consecuencias más alarmantes de lo que realmente significó que el mundo se colapsara un 11 de marzo de 2020.

Aunque mucho se había avanzado en materia educativa, que es el tema que nos atañe el día de hoy, la pandemia ocasionó que muchas de las metas propuestas a alcanzarse en años tuvieran que acelerarse de forma inadecuada, pero sobre todo, que esto a su vez provocara que los docentes fueran sorprendidos con deficiencias tecnológicas, de métodos de enseñanza e incluso en los planes de estudio.

No olvidaremos los casos de maestros que de forma excepcional ocuparon cada uno de los recursos que tenían a la mano, como la imagen viral del profesor que acudía puntualmente a un cibercafé para darle clases a sus alumnos ya que no contaba con computadora e internet en casa, o aquel que con tal de mantener la atención de los pequeños a los que impartía clases en nivel primaria se disfrazó de Spiderman y los retó a revelar su identidad solo si respondían a preguntas específicas sobre cada una de las materias abordadas.

Por desgracia esto no ha sido suficiente, ya que en información de la Organización de las Naciones Unidas para la Educación, la Ciencia y la Cultura, conocida abreviadamente como UNESCO cuando los sistemas educativos pasaron al aprendizaje a distancia, muchos de ellos pusieron rápidamente en marcha estrategias multimodales que utilizaban, el Internet, la televisión, la radio, soportes impresos y mensajería instantánea. No obstante, la calidad y la accesibilidad de este tipo de enseñanza a distancia fueron muy variables, y los niños perdieron una parte del aprendizaje escolar que deberían haber adquirido en la escuela, siendo los más jóvenes y los más marginados los que sufrieron mayores afectaciones.

Por otro lado, en información del Banco Mundial a través de su reporte  Estado de la crisis educativa mundial: un camino hacia la recuperación, debido a las pérdidas de aprendizaje y competencias durante el cierre de las escuelas, esta generación de estudiantes corre el riesgo de perder 17 billones de dólares en ingresos de por vida en valor actual, o el equivalente al 14% del PIB mundial actual, derivado de la afectación en su preparación académica, que es mucho más que los 10 billones de dólares estimados en 2020.

No podemos negar que la educación con el paso de los años se ha posicionado como una de las áreas más importantes para el desarrollo individual y social, por lo que contrarrestar los problemas ocasionados por el COVID-19 será un punto crucial para la recuperación económica a largo plazo.

Es así que, ante esta crisis, hoy vale la pena preguntarnos ¿Qué podemos hacer para corregir la situación de la pérdida educativa?, el Banco Mundial, la UNICEF y la UNESCO han unido fuerzas y emitieron en diciembre del año pasado el documento Misión: Recuperar la educación en 2021 en el que advierte se debe trabajar en acceso a materiales de lectura bien diseñados, oportunidades de aprendizaje digital y sistemas educativos transformados que los ayuden a superar futuros desafíos.

Por otro lado, también se menciona que es esencial poner en marcha un programa de recuperación que dé prioridad a las competencias básicas y al apoyo socioemocional, que amplíe el tiempo de aprendizaje y que mejore la eficacia del proceso.

La realidad a la que deberán enfrentarse millones de niños cuando reabran los centros escolares será sumamente complicada, la vida como la conocíamos ha dado un giro radical y adaptarnos a él no será sencillo, sin embargo, hoy la educación debe recurrir a nuevos paradigmas, los planes educativos y cronogramas deberán redefinirse, pero sobre todo los docentes tienen que renovar su amor y compromiso con los niños, porque justamente son ellos quienes podrían junto a los padres de familia combatir el rezago que comienza a ser evidente. Este debería ser un compromiso si queremos alcanzar un desarrollo armónico.

Hoy es necesario que la vocación, la voluntad y la dedicación sean los actores principales, porque a pesar de que el mundo se colapsó hace casi dos años, es necesario que ante la reapertura de las escuelas aprendamos de nuestros errores y nos detengamos a reformular nuestro compromiso con las y los niños y jóvenes del mundo.

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