Simón Vargas

“Los animo a poner la mirada en todos aquellos que hoy son excluidos y marginados por la sociedad, aquellos que no cuentan para la mayoría y son postergados o arrinconados. Todos somos necesarios para crear y formar la sociedad”
Papa Francisco

Al mencionar esclavitud las imágenes de personas encadenadas, cautivas, careciendo de alimento y siendo abusadas física y psicológicamente acuden a nuestra mente, desafortunadamente, a pesar de que durante los siglos XVIII y XIX la doctrina abolicionista pugnó por la derogación de esta terrible práctica, ésta continúo en muchas partes del mundo; tan sólo en 2003 se liberaron más de 10,000 personas quienes aún recibían tratos inhumanos en algunas haciendas de Brasil.

Hoy, la Organización Mundial de las Naciones Unidas conmemora este día para recordarnos que: “La esclavitud no es una reliquia del pasado, sino una realidad muy presente”. Con el transcurrir de los años, este tema se ha relacionado estrechamente con: el matrimonio forzado, el trabajo infantil, la explotación sexual, la trata de personas, y el trabajo en servidumbre.

Y es que irónicamente en un mundo cada vez más globalizado, con avances tecnológicos sucediendo diariamente, la esclavitud pareciera algo poco creíble, sin embargo, aún persisten prácticas como el sometimiento en barcos de pesca donde personas que han logrado escapar aseguran que llegaban a trabajar hasta por 20 horas sin mayor pago más que un poco de comida y agua; mujeres sometidas a matrimonios forzados, vendidas o apostadas por familiares; empleadas y empleados domésticos detenidos contra su voluntad o mujeres y niñas confinadas en burdeles bajo amenazas.

En cifras y de acuerdo a la investigación Global Slavery Index 2018 publicado por la organización internacional independiente de derechos humanos Walk Free, el número de personas en el mundo sometidas a la denominada esclavitud moderna ascendía a 40.3 millones, siendo en porcentajes 71% mujeres y 29% hombres. 

Este reporte menciona que, en el continente americano, Venezuela, Haití y República Dominicana tienen la prevalencia más elevada, aunque Estados Unidos, Brasil y México presentan las cifras absolutas más altas; además se mencionan los cinco principales productos que producen riesgo de esclavitud moderna importados en el G20: 1) laptops, computadoras y teléfonos celulares; 2) prendas de vestir; 3) pesca; 4) cocoa y 5) caña de azúcar.

Es lamentable reconocerlo, pero la esclavitud continúa alimentando a grandes industrias; haciéndolas incluso más rentables, convirtiéndose así, paradójicamente, en un crimen que en gran medida se ha hecho invisible. Y es que en muchas ocasiones el escenario de este crimen se encuentra fuera del ojo público, en la clandestinidad: en casas y lugares excluidos o con visitas restringidas, minas a cientos de profundidad o granjas alejadas de las ciudades; pero sobre todo, porque se vale de personas para quienes la pobreza y la marginación han estado presentes toda su vida, volviéndose un ciclo difícil de romper.

La insaciabilidad y codicia, además de los conflictos bélicos y el narcotráfico se han convertido en detonadores de un problema que recientemente se presenta cada vez con más frecuencia en los países donde el PIB es elevado, interfiriendo en áreas como la minería, la agricultura o la ganadería, es decir, se ha infiltrado desde las áreas responsables de la producción de alimentos hasta aquellas que fabrican los bienes que se adquieren en la cotidianidad. 

Como ejemplo, se encuentran las malas condiciones de trabajo y las escasas leyes sobre la extracción de materiales utilizados para fabricar celulares, y es que la voracidad con la que se adquieren estos aparatos ha ocasionado que muchas empresas sometan a hombres, mujeres e incluso niños a extenuantes jornadas laborales con malas condiciones tales como poca o nula remuneración económica o lugares carentes de higiene y salubridad.

Contrario a lo que podría pensarse aún existen diversos países que no han realizado la legislación adecuada, ni establecido políticas públicas enfocadas en poner fin al trabajo forzoso, por lo que ante esta conmemoración debería hacerse una pausa para entender que los gobiernos pueden y deben hacer mucho más de lo que están haciendo con el objetivo de eliminar las nuevas formas de esclavitud moderna; pero además, como consumidores y población tenemos que comprender que no es un problema de hace 200 años sino que ha avanzado silenciosamente con el paso de los años o peor aún poco se ha detenido.

*Analista en temas de Seguridad, Justicia, Política y Educación. 

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