Simón Vargas

“Estamos llegando al fin de una civilización, sin tiempo para reflexionar, en la que se ha impuesto una especie de impudor que nos ha llegado a convencer de que la privacidad no existe”. José Saramago.

Cada invento a lo largo del tiempo ha sido utilizado de forma positiva o negativa, dependiendo claro, del enfoque con que sea visto, y las redes sociales no se han quedado lejos de las etiquetas; estas plataformas digitales tuvieron su origen a partir de la segunda mitad de los años noventa, y una de las pioneras fue SixDegrees, la cual ya permitía crear un perfil y armar listas de amigos; llamada así en honor a la denominada teoría de los seis grados de separación, en la cual, cabe mencionar muchas de las redes actuales continúan basando las sugerencias de amistad.

A pesar de que el surgimiento de estas plataformas comenzó desde hace al menos dos décadas, no fue sino hasta principios del 2000 cuando gracias a Facebook y Twitter el detonador que hacía falta se activara de forma radical, y su uso se transformara en casi una obligación para un importante segmento de la población en el planeta.

Creer que la tecnología, se ha convertido con el paso de los años en el enemigo a vencer es una idea por demás errónea; hoy no se trata de condenar el avance digital, al que estamos invariablemente encaminados, en cambio lo que sí se debe abordar cada vez con más precaución y cautela es la información que compartimos en internet, pero sobre todo en las redes sociales.

Vídeos personales y familiares, fotos con amigos y/o pareja, ubicaciones en tiempo real, imágenes de comidas o compras, estados donde describimos el humor en el que nos encontramos y registros de visitas a restaurantes, bares o museos, entre otros, hacen que mostrar nuestra vida cotidiana se convierta en algo relativamente normal. De acuerdo a un estudio realizado por la empresa Kasperty dedicada a la ciberseguridad se menciona que, 7 de cada 10 usuarios latinoamericanos considera inofensivo compartir información personal en Internet, y que serían suficientes pequeñas recompensas o beneficios como descuentos en compras online (68%), experiencias exclusivas (62%) o incluso encontrar amigos de la infancia (80%), para convencer a la mayoría de los latinoamericanos de exponer datos íntimos; además cabe mencionar que el 38% de las personas en Latinoamérica no sabe distinguir un e-mail verdadero de uno falso, lo que ha hecho que el fenómeno del phishing continúe creciendo.

A pesar de que hemos cobrado más consciencia sobre los peligros que se pueden encontrar en internet, aún no conocemos del todos los efectos de la continua manifestación de nuestras actividades diarias, sin embargo, frente a una época cada vez más insegura vale la pena detenernos a cuestionarnos cuando de compartir información se trata; ¿qué tan fácil es proporcionar los datos para convertirnos en víctimas de un secuestro?, ¿qué tan sencillo puede ser robarnos información por la poca seguridad que presentan las redes sociales?, ¿realmente es necesario que las personas conozcan cada recoveco de mis gustos y/o necesidades? Es justamente esta sobreexposición de datos personales en internet y redes sociales lo que ha dado origen al fenómeno denominado como: Oversharing.

Este tema tiene incluso un importante trasfondo psicológico, ¿cuál es la razón por la que solemos ser más cautelosos con la información personal en la vida cotidiana y no en las redes sociales? Probablemente sea por el mismo motivo que de forma usual intercambiamos datos que consideramos irrelevantes, a pesar de que sean revelaciones importantes, con desconocidos antes que con conocidos: necesidad de conexión y deseo de ser escuchado.

Sin embargo, esta constante sobreexposición ha hecho que algunos delincuentes vean en las redes sociales una oportunidad, de acuerdo al estudio “Los efectos de la pandemia del COVID-19 en la trata de personas y las respuestas a los retos”, emitido por la Oficina de las Naciones Unidas contra la Droga y el Delito (UNODC)se afirma que, aprovechando la pérdida de medios de vida de las personas durante la pandemia y la mayor cantidad de tiempo que tanto adultos y niños pasan en internet, los traficantes han acrecentado la utilización de las redes sociales y otras plataformas en línea para reclutar nuevas víctimas

Es innegable que la celeridad y la globalización han dado paso también a un fenómeno de necesidad de reconocimiento, donde las redes sociales juegan un papel fundamental, ya que se han convertido en espacios donde la aceptación y aprobación social se mide a través de likes, shares y views. Y aunque si bien, hoy más que nunca buscamos promover, participar y/o ayudar con la finalidad de sentirnos parte de un bien común, no se debe perder de vista que la susceptibilidad o vulnerabilidad en ocasiones puede jugar en contra, lo que además de poner en riesgo la seguridad personal y familiar puede dar pie a una adicción al uso de internet; lo que en un caso extremo, podría modificar la percepción de la realidad.

El tema es amplio, además de que puede y debe abordarse desde distintos ángulos y ciencias de estudio, lo que es innegable es que las redes sociales llegaron para transformar el mundo y la forma de relacionarnos, por lo que una de nuestras prioridades debe ser preguntarnos: ¿qué tanta intimidad estamos dispuestos a perder en este vaivén digital?

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