Simón Vargas

Amarás a tu prójimo como a ti mismo.
Juan 13, 34

En diciembre de 1984 fue proclamada la Declaración Universal de Derechos Humanos, documento que no solo marcó un parteaguas en la historia, sino que buscó convertirse desde su creación en un ideal para cada una de las naciones alrededor del mundo; entre los derechos más simbólicos se encuentran la libertad de opinión y de expresión, el derecho a la libertad de asociación, el derecho a la reunión pacífica y la libertad de religión o creencia.

Sin embargo, a pesar de que este último sea un derecho significativo para la vida individual y colectiva, aún hoy la intolerancia, la discriminación y el odio religioso continúan siendo factores detonantes para crímenes e incluso guerras.

Y es que, pareciera que históricamente las disputas más despiadadas han tenido como principal objetivo la instauración de una religión o bien la búsqueda del reconocimiento de un Dios en específico. Entre las más emblemáticas y crueles se encuentran las Cruzadas y las Reformas en Europa, sin embargo, aún en la actualidad el autodenominado Estado Islámico (ISIS, por sus siglas en inglés) continúa utilizando como estandarte la religión y como bastión el terrorismo y el crimen.

En una sociedad cada vez menos religiosa y con mucha más celeridad, la libertad para elegir entre profesar una religión o no, se ha convertido en un punto de inflexión, la discriminación y el acoso, pero sobre todo la violencia basada explícitamente en la preferencia de religiones persiste, en datos del Informe de Libertad Religiosa en el Mundo publicado por la Organización Católica Internacional de la Santa Sede Aid to the Church in Need la situación de los grupos religiosos minoritarios se deterioró en 18 de los 38 países en los que se han encontrado violaciones graves de la libertad religiosa. En China y la India, especialmente, se notó una importante decadencia; e incluso se ha producido un auge de los atentados extremistas en Europa y en el resto de Occidente, motivado en parte por el odio religioso.

Y es que actualmente la vida clerical se encuentra cada vez más encasillada, la sociedad considera que el pertenecer a determinado culto religioso conlleva acciones negativas y no un crecimiento espiritual, emocional o psicológico, sino que por el contrario se piensa casi automáticamente en sectas o en situaciones como fraudes, engaños, amenazas o terrorismo. 

De acuerdo, al décimo informe anual publicado por el Think Thank Pew Research Center denominado “How religious restrictions around the world have changed over a decade” se analizan las restricciones de la religión y éstas destacan tres puntos importantes: 1) las limitaciones gubernamentales a las actividades religiosas han aumentado en un 44% entre 2007 y 2017, 2) los niveles de tensión y violencia interreligiosa han disminuido, sin embargo, las hostilidades con las normas religiosas han ido en aumento y 3) Los niveles de violencia religiosa por parte de grupos terroristas se han disparado en Oriente Medio y África, por ejemplo, en 2017, se registraron en 11 países del Oriente Medio más de 50 incidentes de terrorismo relacionado con la religión, que incluyeron muertes, lesiones, detenciones y daños a la propiedad.

Al escribir sobre este difícil tema, me fue imposible no recordar la película Mi nombre es Khan, estrenada en 2010 la cual además de mostrarnos la realidad de un musulmán con Síndrome de Arpeger, también aborda admirablemente el tema de la discriminación, el acoso y la violencia religiosa, y es que después de los atentados del 11 de septiembre éstos se convirtieron en situaciones que se vivían día con día alcanzando crímenes de odio que conmocionaron al país de los Estados Unidos de América.

Incluso la Oficina del Alto Comisionado de las Naciones Unidas para los Derechos Humanos en México ha advertido que “la pandemia ha provocado un brote de la intolerancia religiosa existente, donde se ha señalado a comunidades religiosas y de credos, incluidos cristianos, judíos y musulmanes, como chivos expiatorios por la propagación del virus»

El mundo es cada vez más incierto, pero la espiritualidad y la religión deben convertirse en guías que nos permitan avanzar en momentos donde el miedo nos invade o cuando la desesperanza se acumula, porque hoy la solidaridad y la coexistencia pacífica entre personas de todas las religiones y quienes no profesan ninguna deben ser puntos inquebrantables que poco a poco disminuyan el odio y el desinterés.

*Analista en temas de Seguridad, Justicia, Política y Educación. 
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