Simón Vargas

“Los pueblos a quienes no se hace justicia se la toman por sí mismos más tarde o más pronto.” Voltaire

Durante los primeros días del mes, el vídeo de un asaltante que fue golpeado al interior de una combi en Iztapalapa se convirtió en un acontecimiento viral, las redes sociales se llenaron de memes sobre el evento e incluso los internautas compusieron canciones y hasta un poema; sin embargo, al observar las imágenes el sentimiento de odio rápidamente nos contagia, se escuchan gritos y groserías, y a pesar de la súplica del asaltante la golpiza no se detiene.

El sábado pasado el hecho se repitió, pero ahora en Pantitlán, y es que estos sucesos van más allá de intentar tomar la justicia por propia mano, en realidad nos hablan sobre el cansancio, la molestia, el dolor, y la frustración (entre otros varios sentimientos) con respecto a los sistemas de seguridad, procuración e impartición de justicia y al alto índice de impunidad en nuestro país.

Este tipo de fenómenos no son recientes e incluso en los últimos 5 años han ido en aumento; de acuerdo al Informe especial sobre los linchamientos en el territorio nacional elaborado por la Comisión Nacional de Derechos Humanos las noticias antes mencionadas son catalogadas dentro del término linchamiento, ya que la actitud violenta conllevó a un daño físico a personas que fueron consideradas como actores negativos en la comunidad por haber cometido o intentado cometer algún acto delictivo.

De igual forma este estudio menciona que en 2016 el incremento respecto a 2015 fue del 37%; mientras que el 2018 presentó un claro repunte, con un aumento de 190% respecto a 2017, al pasar de 60 a 174 casos. En cuanto a las personas víctimas de linchamiento, fallecidos y lesionados, el incremento en ese año fue del 146%, al pasar de 110 en 2017 a 271 en 2018.

La toma de “justicia” por propia mano es un fenómeno digno de estudio desde diversos ángulos, sin embargo, dos de los más importantes serían el político y social; políticamente el acto habla de un profundo cuestionamiento a la autoridad, de un desconocimiento de las instituciones de seguridad y de un incremento en la percepción de la inseguridad; pero además este escepticismo ha sido incubado en la consciencia social a través de años de atropellos y descuidos, de acuerdo al Índice Global de Impunidad 2018, la confianza de los ciudadanos en las instituciones de seguridad continúa a la baja, ya que el porcentaje de delitos no denunciados aumentó de 92.8% a 93.7% en dos años. En este mismo informe se menciona que México ocupa el cuarto lugar mundial en impunidad con 69.21 puntos y encabezamos la lista de países del continente americano con el más alto índice de impunidad, a estos posicionamientos, además, se anexa que el Estado de México es la entidad con el índice de impunidad más alto registrándose al menos 202,205 carpetas de investigación.

Por otro lado, socialmente se debe analizar la extraordinaria sincronicidad  con la que una colectividad que comparte sentimientos negativos trabaja en unidad para infringir castigo físico y psicológico al imputado, convirtiéndose por momentos en jueces y verdugos, e incluso generando en los victimarios una sensación de superioridad y de heroicidad; pero sobre todo, hay que examinar el proceso de escarnio público que buscan los perpetradores tanto al interior de la comunidad como al exterior, ya que además de la agresión corporal, existe un proceso de denigración y humillación que pretende sentar un precedente y convertirse en un ejemplo de “justicia”.

Los linchamientos además de generar confrontaciones entre quienes apoyan estos actos y quienes los reprueban, generan una especie de parálisis en las instancias responsables de las investigaciones quienes en ocasiones optan por minimizar los hechos o apelar a los antecedentes penales de los delincuentes, tratando no de justificar, sino quizá de entender los hechos.

Es casi natural que aquellas personas que han vivido el crimen en carne propia sientan un deseo profundo de venganza, pero, ¿el delito de unos, autoriza a otros a convertirse en una multitud que castigue?, ¿todo acto violento es justificable si entraña una visión distorsionada de la justicia?, las preguntas continuarán siendo muchas, porque desafortunadamente la justicia por propia mano tiene marcadas sus raíces en sentimientos insondables, en recuerdos que lastiman y en la falta de compasión y confianza, pero si continuamos así, como bien lo diría el pacifista Mahatma Gandhi: “ojo por ojo y el mundo acabará ciego”.

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