Fotos: Jair Avalos

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Jair Avalos | Corresponsal

Las últimas fosas eran enormes, eran tamaño trinchera, dice uno de los buscadores mientras instala una cruz de hierro en una de las fosas de Colinas de Santa Fe, considerado uno de los cementerios clandestinos más grandes de México. Las madres del Colectivo Solecito de Veracruz decidieron terminar con la búsqueda después de dos años, dos meses y diez días.

Todo se convirtió en un templo improvisado para concluir con la búsqueda “de cinco vueltas” en el terreno. Las madres decidieron concluir después de 152 fosas abiertas y 295 cráneos procesados.

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Aún hay cuerpos en Santa Fe. El jueves pasado los policías y buscadores comenzaron a recolectar botellas en las que escribían una numeración para identificar cada fosa.

“Se equivocaron de fosa, hubo un error en los registros y sin querer, encontraron más cuerpos. Están allá, al fondo”, dice uno de los colaboradores del Colectivo.

Mientras el obispo de Veracruz, Luis Felipe Gallardo, oficiaba la misa, los buscadores comenzaron a preparar las cruces y ofrendas que instalarían para las familias que lograron identificar algunas víctimas.

“Cada vez era más difícil. Las fosas ya no eran tamaño fosa, eran tamaño trinchera. Parecía que era la guerra, porque eran muchos cuerpos, muchos huesos. Nos costó mucho trabajo abrir este tamaño de fosa, porque éramos pocos”, dice uno de los excavadores.

Para llegar a Santa Fe hay que entrar por un camino rural, lleno de vacas gordas que pastan todo el día y arbustos que invaden el angosto camino. El cementerio clandestino se encuentra a unos metros de las obras del Puerto de Veracruz; es un lugar despoblado, se pueden ver algunos cañales y maizales pero por esos caminos sólo andan los policías y los del colectivo.

La fosa está detrás del fraccionamiento Colinas de Santa Fe, uno de los barrios pobres de la ciudad de Veracruz, construido entre terrenos irregulares. Las casas son de mala calidad y en algunos casos, están abandonadas.

Números en tierra suelta

“Hay que perdonar, como Cristo perdonó a los que lo crucificaron”, decía el obispo veracruzano a las madres que lloraban por sus víctimas.

Las últimas semanas se instalaron señalamientos por fosa. Son varas con un trozo de madera pintadas con letras amarillas. “No se acerquen mucho, porque la tierra aún está suelta y pueden caer”, dicen los policías que cuidan el terreno.

Diez señalizadores están tirados en el suelo, preparados para instalarse. Otros cuadros de madera sólo con la inscripción “FOSA”, están al lado de la nevera con botellas de agua.

De una loma baja don Lupe, un guerrerense que fue llamado para buscar cadáveres en Santa Fe; trae una camisa azul manchada de tierra y sudor.

–       ¡Don Lupe! ¿Cómo está? Lo veo más delgado.

–       No, yo no paso de mis 53 kilos. Con este calor y estas friegas no puede uno engordar, así se coma uno una vaca al día.

–       ¿Qué tal va con la excavación?

–       Bien, pero no terminan de aparecer más cuerpos.

Don Lupe se recarga en la pala que carga; “esta es mi compañerita”, ironiza.

Las madres ya preparan a sus tres buscadores para la nueva fosa, el kilómetro 13 y medio. Don Lupe, Fermín y Pedro aún están ocupados en Santa Fe “y con eso que apareció otro punto, nos esperaremos unos días más, porque nosotros encontramos y dejamos ahí, hasta que llegue la Policía Científica a sacar los restos”.

“¿Se acuerdan cuándo comenzamos? Picábamos y tronaban las bolsas y olía esos cuerpos… Pobre gente”.

La siguiente semana comenzarán a desmontar el predio, que estiman, es de la misma magnitud de Colinas de Santa Fe. Del kilómetro 13 y medio se tenían noticias desde 2014, las madres tenían conocimiento pero no la capacidad económica para poder atenderlo.

“Nos gastamos como un millón de pesos en Santa Fe”, dice la doctora Rosalinda Castro, una activista del colectivo Solecito. Durante dos años, las familias vendieron comida, ropa, juguetes e hicieron rifas para reunir los fondos para atender las fosas.

“Yo espero que ya con esa última fosa que encontramos, esto acabe. Dimos una, dos, tres, cuatro, hasta cinco vueltas. Y luego cada uno por su cuenta revisaba los puntos”, cuenta otro colaborador.

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Un lugar para rezarles

Terminó la eucaristía católica y las madres comenzaron a recorrer las fosas. Las que identificaron a sus familiares llevaron ofrenda. Una cruz y un ramo de flores “para tener dónde llorarle”.

A un costado del altar fue instalada la una cruz cobriza, la de Pedro de 31 años. “Por siempre vivirás en nuestros corazones, tu mami Grise”.

–       ¿Vendrán periódicamente a Santa Fe? – se le pregunta a una activista.

–       Sí, trataremos, aunque es difícil porque es un terreno custodiado por la policía. Las familias que ya identificaron a sus hijos ya tienen un lugar en un panteón común, ya tienen un lugar para rezarles. Ellos ya no vendrán para acá – dice Rosa, también madre del Solecito.

Los familiares de Arturo se reunieron en la loma donde fue encontrado su cuerpo. Le pusieron una cruz negra con inscripciones color blanco. Su familia portaba una playera blanca, con la fotografía del joven desaparecido vestido con traje clínico color azul, en la espalda la inscripción “No más desapariciones”.

“Arturito, nadie más conoce la fuerza y el amor que sentimos por ti. Vives siempre en nuestro corazón y en nuestra mente”, dijo una de las familiares y rezaron un padre nuestro y un Ave María para despedirlo.

Sólo 30 restos han sido identificados. Sólo 30 fosas tienen nombre y apellido y una familia que les reza.

Terminó la misa y los homenajes a los identificados. Muchos salieron en sus autos, cuidando no caer en las dunas. Las trincheras fueron cubiertas por los buscadores, con arena y tierra; el resto de las fosas en Colinas de Santa Fe, aún es un número que espera una familia.

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