La ambigüedad político ideológica de Miguel Ángel Mancera, jefe político formal de la Ciudad México, causa inquietud.
La severidad de los problemas del PRD no acaban en esta capital, probablemente empiezan aquí y antes de que inicie su vida el Constituyente ya cuestionado desde su proceso originario, al menos en 84 casos, en el Tribunal Electoral del Poder Judicial de la Federación.
A menos de tres meses de que sea evidente la nueva correlación de fuerzas de la capital del país, lo cual será conocido en la noche del día de la elección respectiva, el 5 de junio de 2016, lo que es un activo para el jefe de gobierno, esto es, su cualidad relativa de no ser integrante del PRD, ha comenzado a convertirse en una señal cuestionada y cuestionable de los integrantes de ese partido.
Mancera se mantiene en la valoración de que la mayoría de la población, en su antipatía documentada y medida en todas las encuestas respecto de los partidos políticos, podría dirigir su respaldo mayoritario en esta capital y respecto de la candidatura a la Presidencia de la República, hacia su persona.
El razonamiento es tan simple como debatible pero a Mancera le parece conveniente creer que es verificable: entre más lejos esté de un partido político y de uno altamente cuestionado como es el PRD, aun cuando sea el partido que me llevo a esta posición, más probabilidades tendremos de llegar a la candidatura y a la primera magistratura nacional.
Las primeras tres razones para cuestionarlos son la siguientes.
En primer lugar, la desaprobación de las autoridades es un fenómeno nacional –mundial, de acuerdo- y en principio le alcanza a tocar en una medida muy considerable al propio Mancera quien apenas ha registrado alguna mejoría en los últimos meses y, hay que subrayarlo, antes de que el problema de la movilidad y el reglamento de tránsito actual comenzara a afectarle a la imagen de su gobierno.
La segunda razón es que existe una distancia enorme entre el segmento más operativo del grupo político que él encabeza, el cual no necesariamente está integrado por perredistas, y el conjunto de bases y dirigentes medios y altos del PRD en la ciudad y a nivel nacional. Para esos grupos la ambigüedad de Mancera respecto de su filiación partidista no aporta nada al tipo de liderazgo que se requiere en medio de la incertidumbre por el crecimiento de Morena y de las oposiciones a la izquierda en esta capital. Para muchos de ellos la carta del candidato que es “independiente” de los partidos políticos, los mismos que son percibidos con alto desprestigio, y que por lo tanto, en esa lógica, puede ser usada para aspirar a la candidatura de los diferentes del PRI y del PAN, a los cuales estamos en libertad de llamarles “de izquierda” o “alternativos” aunque no podamos demostrar enteramente la consistencia de la clasificación, esa carta, ya es jugada por dos personas de visibilidad nacional. Uno de ellos, a la cabeza der todas las encuestas, es Andrés Manuel López Obrador y el otro es, obviamente, el gobernador de Nuevo León, Jaime Rodríguez Calderón.
Y de esta segunda premisa se desprende la tercera razón: Mancera no aparece como puntero más que dentro del PRD cuyo peso en el conjunto de la votación es menor al 11 por ciento. En una eventual alianza con el PAN con una preferencia electoral de alrededor del 21 por ciento Mancera no podría ser candidato, no uno ganador, ante la propuesta del PAN.
En otras palabras, el candidato más importante alternativo al PRI y al PAN es aún AMLO y Mancera aparece en cuarto lugar si hay que considerar las encuestas de CISEN en la cdmx y la publicada la semana pasada de El Financiero.
Así los problemas deberían comenzar por nombrarse para ser resueltos a menos que se prefiera preparar un arreglo bajo la mesa de elementos que iremos sujetando al análisis y a la evidencia.