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Salvador Guerrero Chiprés

En algunos años, esperemos que no muchos, las instituciones electorales deberán responder a la pregunta de cuál es la medida en que la parte de la pauta de las campañas dedicada a spots modifica el resultado electoral.

Millones de spots se escuchan desde hace dos días por todo el territorio nacional. Después de varias coyunturas electorales estaríamos en condición de tener evidencia de que esa porción de las campañas electorales, la más costosa, modifica las preferencias electorales previas al inicio de las campañas.

No la hay. Los spots, con la excepción de los que puedan ser humorísticos o contagiosos en su musicalidad, parecen constituirse en un pesado núcleo ruidoso respecto del cual las opiniones generales podrán ser tan desfavorables como en la pasada elección presidencial.

Hoy el pronóstico que tenemos, una manera de decir que “ya sabemos”, es de que el PRI tendrá mayoría relativa con alrededor de 35% de las preferencias, seguirá el PAN con cerca de 22% y el PRD con algo cercano al 14%. Los demás partidos seguirán en proporciones ya adelantadas por prácticamente todas las encuestas.

¿Cómo se modificará ese posicionamiento?, ¿es sustantiva la modificación tanto como para modificar esos tres primeros lugares?

MORENA podría convertirse en un caso de análisis extraordinario si superará al PRD. Si los spots y el diseño y aplicación de la campaña lo permitieran, y el apoyo del trabajo territorial del que se precia ese partido funcionara, podría efectivamente agregar a esta elección algo interesante de que hablar más allá de las peculiaridades de que el Instituto Nacional Electoral tendrá su primer desafío en la historia de las disputas electorales o que habrá un puñado de candidatos ciudadanos y tres nuevos partidos que aspiran a confirmarse en estos comicios.

Mientras no sea evidente la aportación de los spots, que no son de servicio al público, a la modificación del comportamiento electoral, es inevitable asociar su multiplicación con una estrategia partidista más bien tímida de mantenimiento de la posición previa al momento del inicio de la campaña, a la diversificación de los tramos de negocio en la estructura general de legitimación del sistema político acompañado por pequeñas y grandes empresas que sobreviven de la política y a la mayor o menor ausencia de respeto por la inteligencia del electorado.

La opinión pública mexicana parece renuente a cambios profundos.

Con la excepción de la emergencia del liderazgo de Andrés Manuel López Obrador, especialmente en el 2006, la tendencia del electorado es conservadora, es decir, se inclina hacia partidos que no proponen cambios o reformas contundentes, incluida la aparentemente muy simple de terminar con la corrupción.

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