Sostener entre las manos Agua: historia, tecnología y futuro de Jesús M. Paniagua no es únicamente acercarse a un libro: es mirarnos en un espejo incómodo. Como legisladora y como ciudadana, no puedo evitar sentir que cada página interpela directamente la realidad que vivimos en la Ciudad de México, donde el agua es, al mismo tiempo, origen de vida y evidencia de nuestras omisiones.
El texto nos obliga, desde sus primeras páginas, a plantearnos preguntas esenciales: ¿de dónde proviene realmente el agua que damos por sentada todos los días? La respuesta es tan simple como profunda: proviene de un ciclo natural milenario, de lluvias, ríos, lagos y acuíferos que han sostenido la vida mucho antes de nuestra existencia. Sin embargo, nuestra relación con ella ha cambiado radicalmente. Los seres humanos la utilizamos para todo: consumo, higiene, producción de alimentos, industria, generación de energía. El agua no solo sostiene la vida, sino también nuestro modelo de desarrollo. A lo largo de sus páginas, Paniagua hace un recorrido histórico que revela un patrón inquietante: todas las grandes civilizaciones entendieron el valor estratégico del agua.
Desde los sistemas hidráulicos de la antigüedad hasta las grandes infraestructuras modernas, aprendimos no solo a usarla, sino a controlarla. Presas, acueductos, canales y sistemas de distribución marcaron el momento en que dejamos de adaptarnos al agua para intentar que ella se adaptara a nosotros. Ese proceso, que en su momento representó progreso, también transformó nuestra percepción. Hoy abrimos un grifo y el agua aparece como si fuera un acto automático, casi mágico, sin cuestionarnos cómo llega hasta ahí.
La realidad es mucho más compleja: detrás de cada gota hay sistemas de extracción, potabilización, bombeo y distribución que implican enormes costos ambientales y energéticos. Y después de usarla, el ciclo no termina; el agua se convierte en residual, pasa por sistemas de drenaje y tratamiento cuando existen o, en muchos casos, regresa contaminada a los cuerpos de agua.
El libro también amplía la mirada hacia el contexto internacional. Nos permite entender que lo que vivimos no es un fenómeno aislado. En países como China, el crecimiento industrial ha puesto una presión extrema sobre sus recursos hídricos, generando problemas severos de contaminación. En Brasil, a pesar de contar con una de las mayores reservas de agua dulce del planeta, la desigualdad en el acceso y la deforestación afectan su disponibilidad.
En Estados Unidos, la sobreexplotación de acuíferos y el uso intensivo del agua en la agricultura reflejan un modelo que también enfrenta límites. Cada caso, con sus particularidades, confirma una misma realidad: el agua es finita y su gestión define el futuro de las sociedades.Paniagua describe con precisión cómo pasamos de convivir con ríos y lagos a controlarlos, desviarlos, entubarlos y, en muchos casos, desaparecerlos del paisaje urbano. Esta evolución hoy nos enfrenta a consecuencias graves: sobreexplotación de acuíferos, contaminación sistemática y ciudades que han perdido completamente su relación natural con el agua. Y esa reflexión no es ajena a nuestra ciudad. Hemos convertido ríos en drenajes, hemos entubado la memoria natural de nuestros territorios y, peor aún, hemos normalizado la idea de que el agua es un recurso infinito cuando es, en realidad, profundamente vulnerable.
La crisis hídrica que enfrentamos no es un escenario futuro: es presente. Colonias sin acceso regular, fugas que desperdician miles de litros al día y cuerpos de agua invisibilizados bajo el concreto forman parte de nuestra cotidianidad. Desde mi responsabilidad pública, esta reflexión no puede quedarse en lo teórico. Por eso, al leer esta obra, reafirmo una convicción: necesitamos reconciliarnos con nuestra agua, no dominarla. Recuperar nuestros ríos urbanos no es una utopía romántica, sino una necesidad ambiental, social y urbana. He impulsado propuestas concretas para limpiar y rescatar el Río Becerra y el Río Tacubaya, dos cauces que hoy representan abandono, pero que pueden convertirse en ejes de regeneración ecológica y comunitaria.
No se trata solo de sanearlos, sino de devolverles su dignidad como espacios vivos, integrados a la ciudad. Asimismo, he planteado desentubar el Río de la Piedad. Durante décadas, enterramos este río como si ocultarlo resolviera el problema. Pero la realidad es otra: los ríos no desaparecen, solo se transforman en riesgos. Inundaciones, contaminación y pérdida de biodiversidad son consecuencias directas de haber negado su existencia. Desentubarlo es, en esencia, reconocer que la ciudad debe adaptarse a la naturaleza, no al revés, la tecnología puede ser aliada, pero nunca sustituto de la responsabilidad.
Podemos innovar en sistemas de captación, tratamiento y distribución, pero si no cambiamos nuestra relación cultural con el agua, cualquier avance será insuficiente. Necesitamos una ciudadanía consciente, que entienda que cada acción cotidiana tiene impacto. Porque el verdadero cambio comienza cuando dejamos de ver el agua como un recurso automático y empezamos a reconocerla como lo que es: un sistema vivo del que dependemos.
Hoy más que nunca, la agenda ambiental no puede ser secundaria. El agua es el punto de partida de todo: salud, desarrollo y justicia social. Ignorarla es perpetuar desigualdades; atenderla es construir futuro. Aún estamos a tiempo, pero no por mucho. Recuperar nuestros ríos es recuperar nuestra historia, pero también asegurar nuestro porvenir. Y en esa tarea, no podemos permitirnos la indiferencia.