En el Centro Histórico de la Ciudad de México, el tiempo se rige por ciclos inagotables. Cada agosto, la capital se somete a un pulso febril: el regreso a clases. De pronto, los ríos de libretas, uniformes y mochilas desbordan las calles. Es un torrente humano que inunda el asfalto y abastece a las familias en un ritual de pura supervivencia. Zapatos negros, camisas blancas, cuadernos de cien hojas: la misma memoria que, año con año, renace del bullicio.
Calles como Mesones, Correo Mayor o Jesús María se convierten en un laberinto donde apenas queda espacio para el respiro. Padres con listas en mano comparan precios, madres que protegen a los pequeños de la muchedumbre, diableros y bicitaxis se abren paso al grito de “¡ahí va el diablo!”. Un teatro de persistencia que, más allá de su apariencia caótica, es parte esencial de la identidad capitalina.
Cada temporada escolar reactiva un viejo dilema: cómo ordenar el espacio público. Clara Brugada, jefa de Gobierno, ha insistido en recuperar la legalidad en el primer cuadro. No es novedad. Desde 1993 un bando prohíbe el comercio en vía pública en el Perímetro A para proteger el patrimonio histórico y favorecer al comercio establecido. Pero la realidad escribe otra historia: los puestos ambulantes no solo persisten, sino que crecen, multiplicándose en cada esquina como si la ciudad misma los reclamara.
Las autoridades ofrecen reubicaciones en plazas o ferias; las organizaciones se aferran a las esquinas que aseguran el sustento. El dilema es el mismo desde hace siglos. En tiempos del Virreinato, el mercado del Volador fue el gran corazón económico del centro: allí se vendían alimentos, ropas, remedios, pero también circulaban rumores y noticias. El mercado fue demolido, pero la necesidad de comprar y vender en la calle persistió, indiferente a bandos y redadas.
El comercio ambulante es, en cierto modo, la biografía de la ciudad: su resistencia vital a todo intento de ordenamiento. Y en esa historia aparece, hacia finales del siglo XIX, un personaje que se volvería leyenda: el Doctor Juan Rafael de Meraulyock.
Judío polaco —aunque algunos lo creían francés o suizo— se anunciaba como médico ambulante. De melena rubia, un ojo de vidrio y túnica exótica recorría la calle de San Francisco, hoy Madero, en una carroza. Pregones y bálsamos milagrosos eran su mercancía. Decía haber extraído miles de piezas dentales en apenas quince días. Vendía frascos a precios exorbitantes, arrastrando multitudes con promesas de curación. Sus discursos eran espectáculo y feria. Y de pronto, en 1880, desapareció sin dejar rastro.
Quedó, sin embargo, el eco de su apellido, deformado en la lengua popular: Meraulyock devino “Merolico”. Desde entonces, el término designa a los vendedores ambulantes que se ganan la vida a fuerza de ingenio y voz, pregonando remedios, gangas o ilusiones.
Cada agosto, cuando los vendedores ofrecen uniformes “a precio de fábrica” y mochilas y tenis “originales”, resuena la sombra de aquel médico polaco. El Centro Histórico repite su contradicción eterna: comerciantes establecidos que denuncian competencia desleal frente a miles de familias para quienes la informalidad es la única salida. Las autoridades vacilan entre la tentación de prohibir y la necesidad de tolerar.
El ambulantaje, lo sabemos, no es un mero problema de logística urbana. Es la ciudad hablando con su propio acento: un pulso incesante que se niega a ser silenciado.
La crónica del Doctor Juan Rafael de Meraulyock no terminó en el siglo XIX. Habita en cada esquina, en la muchedumbre que busca útiles escolares, en cada altavoz y en cada pregón. Al escuchar el eco de esas voces, uno podría jurar que, entre mochilas y cuadernos, aún se desliza la voz fantasmagórica del charlatán que vendía bálsamos y prometía curarlo todo. La ciudad no olvida. Y el eco de su apellido, transformado en burla y sustento, resuena por siempre: “¡Merolico, ¡quién te dio tan grande pico!”.