Hemos terminado la tercera semana de actividades del Mundial. Un evento que ha atraído la atención de la gente al grado de que la conversación pública sobre los problemas nacionales parece haber quedado en suspenso durante la celebración del torneo, y más ahora que la Selección Nacional ha ganado sus tres partidos, uno por goleada, calificando como líder de grupo a la ronda de 32. Pocos eventos como éste tienen el efecto de generar una tregua conversacional tan evidente.
Y no es para menos. Los partidos del Mundial constituyen un espectáculo realmente atractivo, pues cada selección participante integra el mejor equipo posible para conseguir un desempeño memorable. Cada jugador parece entender que, en este tipo de partidos, tiene la oportunidad de representar la esperanza colectiva del país para el que juega… y conseguir la gloria. De ahí que cada partido se viva con especial intensidad, desde el estadio o desde la televisión. En mi opinión, pocas cosas son tan emocionantes como ver a alguien entregarse a algo al máximo de su pericia y pasión.
Y no son solo los partidos. Es tener el pretexto perfecto para hacer una pausa en un mundo que, desde la pandemia, se mueve con extrema rapidez. Para convivir con nuestros familiares y colegas y para reencontrarnos con amigos. Y para celebrar cuando la selección gana, ese celebrar “algo” tan, pero tan necesario en un país en el que los escándalos de corrupción, violencia y narcotráfico son tan recurrentes que nos han entumecido la capacidad de indignación, pero, sobre todo, en un país donde la expresión “jugamos como nunca y perdimos como siempre” está incrustada hasta la médula del inconsciente nacional.
Así pues, vivimos un fenómeno de pasión colectiva pocas veces visto. Uno que nos acerca y nos llama a la camaradería nacional, y con los extranjeros que, al vivir el acogimiento del hincha mexicano, entienden que para la fiesta el mexicano no tiene igual. Un fenómeno que nos saca a las calles, pero esta vez no a protestar, sino a gritar, cantar, bailar, abrazar y adentrarnos en la anhelada borrachera nacional.
Pero una advertencia: las pasiones son pasiones. Por definición, nos alejan de nuestro mejor juicio para dar rienda suelta a lo que sentimos de manera exacerbada. Y lo que muchos sentimos es exaltación, ante la posibilidad de realizar por fin la hazaña. Pero es preciso ser consciente de que, en este estado y dadas determinadas circunstancias, la pasión puede llegar a convertirse en algo oscuro y terrible.
Los sucesos de Cabo San Lucas dan cuenta de ello. La noche del 24 de junio, tras la victoria de México contra Chequia, aficionados mexicanos salieron a las calles del centro turístico, donde peatones y vehículos circulan por igual. La turba eufórica procedió a zangolotear con fuerza uno de los coches, celebrando. Y, entonces, la transmutación: el conductor, que iba con su esposa y con sus hijos, decidió librarse de la turba acelerando, atropellando a 17 personas. Y la turba, cuando tuvo al conductor de frente, ya no celebraba más: la ira y el deseo de venganza se habían apoderado de ella. “Linchamiento” es la palabra que se ha usado para describir la golpiza que le dieron a ese padre de familia.
¿Cometió el conductor el delito de lesiones? ¿O actuó en un estado de necesidad disculpante? ¿Son los integrantes de la turba responsables de tentativa de homicidio? Estas preguntas son legalmente imperiosas, pero no constituyen el centro al que apunta esta colaboración. Lo es el que, en ausencia de consciencia (lo que sucede cuando nos hemos fundido con la masa), lo que experimentamos ahora puede convertirse inmediatamente en su contrario. Y que, en ese estado, bien podemos pasar de la euforia a la furia en un tronar de dedos.