En el corazón del sureste mexicano, donde las playas azules y la herencia maya deberían evocar paz, es ahora una amenaza. Yucatán, bastión de seguridad nacional, se transforma en el epicentro del narco, contaminado por la presencia de Nemesio Oseguera Cervantes, El Mencho, el abatido líder del Cártel Jalisco Nueva Generación (CJNG). Su paso por el estado entre 2023 y 2025 no fue casual: dejó un legado de corrupción que pudre las instituciones y amenaza la vida cotidiana.
Mientras el centro y norte de México arden en guerras cartelarias, el sureste opera en las sombras. Yucatán y Campeche, con su fachada de tranquilidad, albergan operaciones encubiertas del CJNG, el Cártel de Sinaloa y una facción de Caborca, ligada al legendario Rafael Caro Quintero. La llegada de Morena al poder estatal, bajo Joaquín Díaz Mena, ha intensificado las sospechas. Fuentes federales, incluyendo la Sedena y la DEA estadounidense, rastrean nexos con el crimen organizado, revelando como El Mencho usó Yucatán como base estratégica, contaminando su economía con lavado de dinero y tráfico ilegal.
El arzobispo Gustavo Rodríguez Vega lo ha dicho claro: la “paz” aparente es un pacto implícito. Los cárteles evitan violencia abierta para no atraer reflectores, prefiriendo Yucatán como refugio logístico. Sin embargo, investigaciones binacionales destapan un submundo en municipios como Progreso, donde el alcalde Erik Rihani González enfrenta acusaciones de encubrir lavado, narcomenudeo, tráfico de personas y armas, fraudes y robos. Rihani, junto a Mario Millet Encalada –sospechoso de lazos con Sinaloa y La Barredora–, opera en sectores inmobiliarios y restauranteros, beneficiando al gobernador Díaz Mena y alcaldes de Mérida, Kanasín, Umán, Tizimín y Conkal.
Díaz Mena guarda un silencio ensordecedor ante esta infiltración. Durante la violencia post-Mencho, con rumores de narcobloqueos en fronteras con Quintana Roo –región azotada por ejecuciones y extorsiones–, solo emitió boletines vagos. Quintana Roo funge como centro de operaciones lucrativas, Campeche como puente de entrada para delincuentes internacionales, como colombianos en Calkiní, Hopelchén y Hecelchakán, sin papeles claros y envueltos en extorsiones.
Pese a datos del INEGI que ubican a Yucatán como seguro, informes de inteligencia confirman el reacomodo del narco. Sobrevuelos de un Lockheed Martin C-130J Hércules de la Fuerza Aérea estadounidense, desde Campeche, y drones en costas yucatecas, Veracruz y Tabasco, subrayan la alerta binacional. En marzo de 2025, operativos federales capturaron a José Francisco “N”, alias Alfa Uno, líder de una célula sinaloense en Tizimín, con ranchos asegurados.
Recientemente, bajo el puente de Teya, detuvieron a dos capitalinos con 12 millones de pesos en efectivo, un arma y nexos a seguridad privada en Quintana Roo. Sospecha: lavado de dinero. Estos incidentes ilustran cómo los cárteles, impulsados por El Mencho, han fertilizado un terreno virgen, cosechando corrupción en una península que presume seguridad.
¿Cómo penetraron tan profundo? ¿Por qué las autoridades miran para otro lado? Figuras como Díaz Mena, Millet y Rihani parecen gobernar en bloque. ¿Qué más se oculta bajo el manto de Morena?
En última instancia, la contaminación de El Mencho en Yucatán nos obliga a reflexionar: ¿puede un estado preservar su alma cuando el narco se infiltra en sus venas? La verdadera seguridad no se mide en estadísticas, sino en la valentía para confrontar la podredumbre antes de que devore todo.