La visita del Papa Francisco ha resultado una refrescante evidencia de que en El Vaticano el núcleo predominante de dirigentes de la iglesia católica global puede construir un discurso y una actitud política ecuménica inteligente y sin ambages.
Al escueto y estudiado balance presentado ante la clase política encabezada ore el presidente Enrique Peña, anhelante de la bendición papal y en el cual solamente faltó la palabra “impunidad” de entre los vocablos “narcotráfico, violencia, muerte y corrupción” que identifican causas y síntomas del atolladero nacional, el visitante añadió una excelente intervención ante los integrantes de la elite clerical nacional.
El análisis y la evocación material y espiritual serían complementados en las intervenciones posteriores del sábado y en la misa en Ecatepec: no escapó ni el tema de la pobreza, la explotación ni la impunidad indicada; nada de aquello que tantas voces han expresado durante años acerca del comportamiento de amplios segmentos de las élites mexicanas y de los organismos y prácticas criminales vigentes en México.
En la intervención ante los clérigos encabezado por Norberto Rivera, existe tal riqueza de elementos filosóficos y políticos, presentados ante todas las audiencias, que es difícil recordar uno mejor de entre todos los pronunciados en las seis visitas papales anteriores.
Destaco de entre esos componentes la llamada a la transparencia en el comportamiento de la jerarquía católica, la petición de mantenerse independientes ante “faraones” contemporáneos, la exigencia de afrontar con valor y denuncias específicas los problemas que deben ser incorporado por quienes llamó apóstoles que deben tener más determinación, así como la petición tanto de trabajar en solidaridad con las poblaciones y los sacerdotes como unidos ante los desafíos de un diagnóstico en énfasis en el periplo papal.
Adicionalmente a las escuetas o extensas pero agudas intervenciones del vicario católico, descolló la disposición a balancear el programa de su visita con las actitudes espontáneas, doblemente inesperadas por la jerarquía civil y la católica.
Por si fuera poco, de manera más puntual, sobresale su interés por enviar mensajes para el equilibrio interno y externo de las expresiones ideológico espirituales e ideológico políticas que conviven en México y en el mundo.
Destacadamente es el caso con el hecho de que, mientras los Legionarios de Cristo, en la voz de Benjamín Clariond Domene, promovido en algunos espacios radiofónicos como comentarista central de la visita, hizo progresos notables para disociar la figura del fundador de esa congregación, Marcial Maciel Degollado, de “la obra” de los propios Legionarios, el papa Francisco se reunió en privado con los representantes de los jesuitas en México.
Así, con una sutileza agradecible, articuló críticas que corresponden con los análisis más críticos respecto de la realidad mexicana con la demostración de que en la propia iglesia católica, al mismo tiempo que se convive con el poder de una congregación tan conservadora y poderosa como los Legionarios de Cristo, conspicua coordinadora de la visita junto a otras congregaciones, se puede dialogar y se debe reconocer el mérito que congregaciones como los jesuitas, también y centralmente comprometidas con el carisma de lo educativo, a quienes recibió en la pequeña sala fotografiada por algunos medios de influencia nacional.
El papa Francisco deja un acento necesario en el escenario de lo nacional y nos permite tener la expectativa de que voces globales, históricamente centrales, pueden balancear el mensaje enfáticamente conservador de Juan Pablo II, así como la profunda pero seca reflexión de Benedicto XVI.