Luis M Cruz

1.

 Como señala el Presidente de la República, Andrés Manuel López Obrador, existe en el país una efervescencia política excepcional dada la temporada electoral, debiendo concurrir los ciudadanos a las urnas el próximo 6 de junio.

2.

 Y como sucede en todo el mundo cuando de elecciones se trata, se ponen en juego estrategias y diseños para persuadir al electorado y alcanzar los votos necesarios para integrar la representación popular o los gobiernos locales, según se trate. Aunque lo pareciera, la gobernación nacional no está en juego, sino que se trata de la mayoría en una de las Cámaras federales, la de Diputados; en 30 de las Legislaturas estatales, en 15 de las gubernaturas también estatales y en 1900 Ayuntamientos. Al elegirse los diputados federales en 300 distritos uninominales y cinco circunscripciones plurinominales con 200 representantes proporcionales asignables según la votación obtenida por los partidos, es complicado apreciar la distribución del voto a partir de encuestas de preferencias nacionales las cuales muestran, no obstante, tendencias a observar. 

3.

 Al momento, las encuestas –que no pueden ni deben promediarse como se hace en algunos estudios—muestran que los márgenes en las preferencias se están cerrando, es decir, las diferentes elecciones se están volviendo muy competitivas y por ende, más polémicas. La legislación electoral mexicana, creada a partir de la desconfianza en los jugadores, es de las más complicadas del mundo. Hay instancias de precampaña, con fiscalización severa de los gastos y pautas publicitarias para prevenir abusos, de las cuales derivan impugnaciones y sanciones como el retiro de las candidaturas, algo que por supuesto nunca gusta a los afectados. Luego viene el periodo propiamente electoral, que está pensado para ser corto –tres meses previos al día de la elección en el caso de gobernadores, y 45 días para los legisladores federales— en los cuales los diferentes candidatos utilizan pautas y espacios topados en los medios masivos de comunicación, así como uso casi ilimitado de las famosas redes sociales, con estrategias de contraste para descalificar las opciones contrarias y favorecer la propia. 

4.

 Tras ello, tres días previos a la jornada está previsto un periodo de silencio, en el cual los electores hipotéticamente deben reflexionar el sentido de su voto. Nada más vano, pues las redes sociales no son silentes y por otras formas las filias y fobias siguen circulando, poniendo en tensión la fiscalización que las autoridades electorales están obligadas a realizar y que después suele nutrir la etapa posterior a las elecciones, que es la contencioso-electoral, cuando candidatos y partidos presentan sus recursos de nulidad de los resultados, sea por incidencias o presuntos delitos electorales, sea por rebase de gastos de campaña. Dada la intensidad observable, este periodo de unos dos meses posteriores al día “D”, es posible sea también de los más densos que históricamente se hayan registrado. 

5.

 Una vez contados y decantados los votos por las diversas instancias jurisdiccionales –las hay locales, regionales y federales– habremos finalmente de conocer el resultado de las elecciones; cómo se integrará la Cámara de Diputados y la correlación de fuerzas en ella observada; quiénes gobernarán en las 15 entidades en juego; cuántas legislaturas estatales abonarán a gobiernos divididos cuando la mayoría sea distinta al partido que gobierne, o bien, de gobiernos unitarios cuando coincidan ambos niveles de gobierno y en el caso de la capital de la República Mexicana, cómo quedará la distribución de alcaldías y la representación en el Congreso de la Ciudad de México. Empero, los grandes actores el día de la elección serán los ciudadanos, casi 95 millones de electores y un millón 400 mil que habrán, además, de aperturar las 161 mil casillas en todo el país y contar los votos. ¡A votar, pues! 

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