Luis M Cruz

1.

 En menos de tres semanas el mundo sabrá si los electores estadunidenses optan por volver a la normalidad política o siguen en las realidades alternativas de grandeza singular dando continuidad a la administración Trump. Si quedan detrás las prácticas de oprobio, chantaje y maltrato a minorías, socios y aliados para hacer prevalecer intereses no siempre claros y un protagonismo casi obsceno para humillar a los interlocutores. Al menos es lo que parece prevalecer en las encuestas, cuyo promedio en FiveThirtyEight muestra un despegue del candidato demócrata a la presidencia, Joe Biden, en torno a 12 puntos. Más aún, los polémicos estados fluctuantes como Pennsylvania, Florida y Wisconsin están virando, al igual que los emblemáticos Arizona y Texas.

2.

 De ahí la angustia prevaleciente en el bando republicano por verse arrastrado a una debacle histórica, al grado de poner en duda la reciedumbre de las instituciones electorales, ese vetusto colegio indirecto que ha hecho prevalecer la elección, inclusive de presidentes con menor número de votos que sus adversarios, como lo fueron George W. Bush frente a Al Gore y, por supuesto, Donald Trump ante Hillary Clinton. El senador Ted Cruz, prominente republicano y quien podría recoger el tiradero resultante, hace eco de la polarización observable y el discurso de odio sembrado; insólitamente, se habla de fraudes anticipados para desacreditar el voto por correo que ya se está emitiendo y que dada la pandemia pudiera ser masivo y determinante para el sentido de la elección, así como del desconocimiento de los resultados y un eventual “baño de sangre” en una de las principales democracias consolidadas existentes del mundo.

3.

 Para tranquilidad de muchos, Estados Unidos no es una frágil o incipiente democracia y la solidez institucional y cultura del deber habrán de prevalecer más allá del estruendo mediático y la virulencia de las redes. Al final, los votos habrán de contarse y el Colegio Electoral podrá constituirse y designar al Presidente, sea un tirio o un troyano. Difícilmente podría imaginarse a un Presidente obstinado en desconocer los resultados o una Guardia Nacional o Ejército desconociendo la legalidad para secundar un golpe a la democracia estadounidense. La división de poderes funciona, y la Corte Suprema jamás avalaría a un Presidente ilegítimo.

4.

 Finalmente, el impacto en la sociedad norteamericana de la pandemia Covid-19 estará definiendo el sentido de los votos; con un número creciente de muertes y contagios (220 mil y 8 millones, respectivamente) y la promesa de un tratamiento asequible y una vacuna útil ya pronto, la discusión pública entra a la etapa final de ponderación sobre la gestión del gobierno y quién sería el más apto para superar la crisis del coronavirus y por supuesto, gobernar. En el horizonte se mira una segunda oleada de contagios, el reconfinamiento en las grandes ciudades y una lenta recuperación económica. Aún cuando se tengan los medicamentos y las vacuna, será necesario distribuirlas y reconstruir la economía y la sociedad, en donde la OMS teme al menos otro millón de muertos, la OIT 180 millones de empleos menos, la ONU 200 millones de nuevos pobres y los organismos financieros multilaterales una caída del crecimiento global del 6%, más pronunciado en regiones vulnerables como América Latina y México, en donde el pronóstico ronda el 10 por ciento.

5.

 El virus en la campaña habrá de definir lo que sigue; es evidente que Biden se despega, buscando Trump reducir la diferencia. Más no obstante, pese a haber recibido el mejor tratamiento experimental disponible (Bill Gates dixit, mecenas en estas investigaciones) Donald Trump, enfrenta como nunca el juicio de los electores siempre exigentes y desencantados. Haber superado el Covid le muestra más vulnerable que poderoso, pues miles de sus compatriotas no tuvieron ese privilegio. 

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