Luis M Cruz

1.

 Ominosamente, surge en el mundo la amenaza de otra Guerra Fría que podría desviar la atención de las cuestiones importantes, necesitadas sobre todo de cooperación internacional, verdadera solidaridad y financiamiento asequible para lograr entre otras cosas vencer la pandemia de la Covid-19 y hacer realidad la promesa de una rápida recuperación de sus peores efectos. 

2.

 Se tiene ya una diversidad de vacunas, que en el mejor de los escenarios debieran estarse produciendo y distribuyendo con celeridad y sin restricciones ideológicas. Sin embargo esto no es así, pues se están cruzando duras palabras entre las principales potencias no sólo por la rivalidad geoestratégica, sino también por la disposición de las vacunas y su aplicación en los diferentes países, la mayoría de ellos dependiente de los centros de producción ubicados en Europa y los Estados Unidos o en China y Rusia; casualmente los centros de poder de la democracia liberal ante el autoritarismo totalitario, que ha sido la vieja confrontación bipolar de hace 76 años. 

3.

 Las duras palabras del presidente Joe Biden a su homólogo ruso, Vladimir Putin —a quien consideró “un asesino”— como también las andanadas a la autocracia china de Xi Jinping y sus prácticas desleales, además de contrastar con la tolerancia proverbial de su antecesor en la Casa Blanca, Donald Trump, podrían significar el retorno a la vieja política de vendettas y represalias entre los superpoderes, que impedidos de chocar directamente por el riesgo nuclear, lo hacen en diferentes escenarios y por otros medios, desde guerras regionales o conflictos de baja intensidad hasta embargos o restricciones comerciales, pugna por alineamientos entre países, confrontación tecnológica e industrial y ahora también mediante el forcejeo por las vacunas. 

4.

 Paradójicamente, ni el altísimo costo y gran sufrimiento causado por la mayor pandemia en los tiempos modernos lograron tender un puente entre las rivalidades actuales, ese gran choque por venir entre las democracias abiertas liberales y las eficaces autocracias orientales. El régimen maoísta imperial de Xi Jingping tiene un plan para convertirse en el poder dominante del Siglo XXI basado en la innovación, la eficacia, el control interno y la llamada “Nueva Ruta de la Seda y la Banda” para dominar el comercio y la tecnología de Asia, Europa, África y América Latina. Con anterioridad a la pandemia, laxamente tratada en Wuhan al dejar abiertos los aeropuertos desde donde literalmente el mortal coronavirus voló al resto del mundo, el régimen comunista chino declaró vencida la pobreza, al pasar a ser una sociedad medianamente acomodada con alimentos, trabajo y vivienda para todos sus ciudadanos. Para 2030 serán una potencia comercial y científica, y en 2050, ocuparán el liderazgo mundial. Por su parte, Rusia ha reconfigurado su capacidad militar, industrial y científica, se ha apoderado de Crimea, hostiga a Ucrania y Georgia y apoya talibanes y yihadistas en Afganistán, Siria y Palestina. 

5.

 La carrera por las vacunas parece ser otro escenario de esa rivalidad. China y Rusia utilizan la rápida disposición de sus vacunas (CanSino, Sinovac y Sputnik) para debilitar a las democracias, menos eficaces para controlar a la población y distribuir biológicos sin las debidas validaciones consecuenciales, en tanto que Estados Unidos y Europa encuentran dificultades para imponerse a la industria farmacéutica que no responde a la lógica de un Estado total. Pfizer, Moderna, Johnson & Johnson y Astra-Zeneca son al final de cuentas empresas que se rigen por contratos y pagos. Las democracias tienen ante sí la responsabilidad de actuar en grande y asignar los recursos necesarios para hacer llegar las vacunas y el financiamiento indispensables a todo el mundo, para lograr una recuperación tangible y sostenida. Eso sería predicar con el ejemplo y no llevar al mundo a otra Guerra Fría.

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