Luis M Cruz

1.

 Como si en una tragedia griega sucediera, el presidente Donald Trump aceptó la candidatura del Partido Republicano para ir por segunda vez por la Oficina Oval de la Casa Blanca. Todos lo saben, la elección es sobre Trump, si se queda o se va, polémico, temperamental, polarizante y divisivo como ha sido al frente de la Presidencia estadounidense. En el gran show montado para su nominación difícilmente hubo un ambiente de gozo y empuje, como si la fiesta republicana tuviera la pólvora mojada o los partidarios buscaran una cierta distancia para reducir otros riesgos en las elecciones concurrentes, pues el 3 de noviembre están en juego otros futuros políticos además de la Presidencia, como es la totalidad de la Casa de Representantes, 435 curules, más 34 escaños senatoriales y 13 gubernaturas.

2.

 En ese ambiente de incertidumbre, la Convención Republicana, se trasladó  de Charlotte, Carolina del Norte, a un pequeño auditorio en  Washington con un público controlado debido a la pandemia  para ratificar a Trump como candidato a la reelección. Con notorias personalidades republicanas ausentes, pareciendo temer  algún contagio de peso electoral, la amarga polémica sobre el servicio postal revela mucho del fondo de la cuestión: cómo se emitirán y contarán los votos, lo esencial en una democracia, dada la pandemia que limita toda expresión pública pero también la propensión a hacer trampa de los protagonistas. Pocos hubieran imaginado esto en una democracia consolidada, que la virulencia e injerencias de países extranjeros o poderes fácticos en el proceso electoral pondrían en riesgo la votación misma.

3.

 Lo que se vio esta semana en Washington es la predilección, otra vez, por las realidades alternativas, el manejo de la posverdad tan útil en las redes sociales para desinformar y manipular, el uso de un discurso divisivo, provocador y excluyente, esgrimiendo el paradigma conservador del poderío, la supremacía, la ley y el orden. El principal adversario de Trump resulta entonces ser Donald Trump mismo, “voten por mí, miren lo que he hecho, imaginen lo que haré” es la estrategia mediática. De ahí el discurso patriótico para ir desde las promesas y las oportunidades a la apelación por los héroes y la búsqueda inevitable de la grandeza.

4.

 Inevitablemente, el discurso de Trump contrasta con el balance  de su gestión. Nunca como ahora los resultados están tan a la mano. Empleo e ingresos caídos; el manejo de  la pandemia (180  mil muertes de 750 mil en el mundo); la cercanía y connivencia con Rusia y la lejanía y hostilidad con China. El maltrato a los aliados europeos y la sujeción de socios clave como Canadá y México  con temas comerciales, el muro, dureza con migrantes y el narco/fentanilo, imposición de tarifas aduaneras, cuotas compensatorias y otros dardos despóticos como insumos cotidianos para el tuit, las redes sociales y el campañeo. 

5.

 Ahora, la carrera presidencial entra en la fase abierta y descarnada por convencer a los votantes indecisos, ese 10% que suele inclinar la balanza en el pesaje de los votos electorales. A diez semanas de las elecciones, las encuestas no le favorecen; FiveThirtyEight le da un minus de 10 puntos, inclusive en los estados pendulares como Wisconsin, Ohio, Pennsylvania, Florida y hasta en Texas está sucediendo el swing. Para remontar, el presidente-candidato requiere nadar contra la corriente, necesita mucho más que un buen show para influir en los resultados, de ahí las maniobras para inhibir el voto postal o introducir el discurso del fraude. Esencialmente, los republicanos necesitan un milagro, que la vacuna antiCovid esté a tiempo, la recuperación económica acelere el paso y compense las pérdidas y que los electores no tengan buena memoria. Sin duda, Trump pronto estará cosechando lo que ha sembrado.  

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