J. S Zolliker

Reporta el agente infiltrado Pedro Fonseca y Lima que se despidió de su amigo, el coronel Heberto, con la frase de “te debo una” y enfiló el viejo Topaz blanco hacia la Ciudad de México. Para ser de los años ochenta, el auto, de cambios manuales, estaba en mejores condiciones de las que imaginó. Aún así, no libró que le cerrase el paso una patrulla de seguridad pública apenas cruzó los límites territoriales. 

Reporta el agente Fonseca y Lima que, sin identificarse con los oficiales, preguntó por el motivo de su detención, prontamente le señalaron que el vehículo no contaba con engomado de verificación de emisiones contaminantes y le resoplaron algunos artículos del reglamento, haciendo hincapié en la sanciones y multas que ameritarían incautación temporal del carro en el corralón. 

Reporta el agente Fonseca y Lima que, ni lento ni perezoso, sacó su móvil y marcó a un número de teléfono que tenía en su memoria y activó el altavoz. Le contestó una señorita en el área de denuncias de Asuntos Internos del cuerpo policial, y ahora sí, identificándose, denunció por nombre, numero de placa y registro de patrulla, a los oficiales de seguridad pública que estaban extorsionando a conductores al suplantar actividades que corresponden únicamente a los oficiales de tránsito, quienes son las personas autorizadas para emitir infracciones.

Reporta el agente Fonseca y Lima que, antes de dejarlo continuar con su camino, los oficiales le reclamaron su falta de solidaridad de gremio y su deslealtad por denunciarlos ante la autoridad sancionadora, lo cual, acentuó en su paladar, el breve sabor a triunfo que le dejó el haber cumplido con su deber, pues si algo detesta de sobre manera, son a los compañeros corruptos que solo ensucian el uniforme, fama y buen nombre de los cuerpos policiales de la nación.

Reporta el agente Fonseca y Lima que se le pasó rápido el trayecto hasta el Deli Lou en la San Miguel Chapultepec, donde se apeó para buscar el libro en cuestión (“Los secretos que guardamos”, de Lara Prescott). Su buen ánimo despareció en cuanto constató que el ejemplar no estaba más en el librero de intercambios. Estaba por maldecir su suerte, cuando se le ocurrió preguntar a los encargados si habían visto a quien se lo había llevado. 

Reporta el agente Fonseca y Lima que, con algo de vergüenza, la cajera le confesó que ella había tomado el ejemplar para leerlo porque recordaba, cuando niña, haber visto la película junto con su abuela. Le preguntó si podía esperar a que lo terminara, pues declaró que le faltaban no más de cincuenta páginas, y aunque conocía que la regla de intercambio de libros los excluía a ellos como empleados, se había quedado prendada de la historia.

Reporta el agente Fonseca y Lima que le rogó le dejase verlo para revisarlo, pues quería encontrar en la dedicatoria, algún otro detalle que quizás habría pasado por alto antes. No encontró nada nuevo y se lo regresó para que pudiera terminarlo. Entonces, se le ocurrió preguntarle si de casualidad, había observado alguna marca, alguna anotación extraña, algún símbolo atípico dentro del texto. 

Reporta el agente Fonseca y Lima que la chica, después de pensarlo por un minuto, emocionada, le mostró cómo, alguien, había subrayado con marca textos amarillo algunas palabras aleatorias en las páginas 19, 74, 100, 120, 145 y 200, que al reunirlas él y escribirlas en su libreta, formaban la siguiente frase: “la clave está en el autor”. ¡Eso es!, reporta que gritó agitado.

Continuará… 

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