J. S Zolliker

El frío le cala los huesos y el hambre le roe las entrañas. Se nota que es invierno y por fortuna y a diferencia de varios conocidos, tiene techo sobre su cabeza y algunos pesos en la bolsa. Decide ir por un champurrado. Siempre detestó la viscosidad del atole, pero ahora la sobrelleva porque ha descubierto que la bebida de masa de maíz machacado es lo mismo económica, que llenadora.

En la calle, donde antes había un puesto, ahora hay más de una decena. La economía está mal y se nota en el comercio informal; la gente que se ha quedado sin empleo busca sobrevivir como sea y ahí están, desde la madrugada, montando su negocio callejero con la esperanza de generar ingresos y no pagar servicios ni impuestos. 

La vida se nos ha complicado demasiado a los mexicanos en los últimos meses: muchas muertes de familiares o amigos por una pandemia mal llevada y un sistema de salud pública sin recursos. Algunos como él mismo, gastaron fortunas de dos generaciones de trabajo y ahorros para pagar gastos médicos que el gobierno debiese cubrirles. 

No hay apoyos para gente como él, que ha estudiado y trabajado toda su vida para salir adelante. El desconsuelo le gana. Siente que le está fallando a sus hijos, quienes en teoría, debiesen avanzar un escalón económico y social respecto a las cartas que les tocaron. Ellos debiesen estar mejor que él un paso, para que valga la pena el sacrificio que hicieron él y sus antecesores: el bisabuelo aprendió a leer después de limpiar las heces de la caballeriza, el abuelo fue el primero en comprar una propiedad muy lejana del centro de la ciudad (les tomaba muchas horas llegar al trabajo), el padre fue el primer graduado de la universidad de la familia y él, aunque ha trabajado sin parar desde los 14 años (a veces hasta teniendo dos empleos con dos patrones distintos), es el primero en retroceder, pues ya vendió la casa que heredó y también su automóvil.

En resumen, está sumamente preocupado y deprimido. “Somos los resignados”, se dice mientras escucha en la radio que tiene prendida la marchanta de las garnachas y tortas, que el dólar está escalando porque la gente tiene temor de la inflación y de las imposiciones presidenciales con candidatos que no cumplen el requisito mínimo de ley para manejar la política monetaria nacional. 

Está pensando en largarse de México. Así podrá buscar fortuna en otro lado. Con libertad, donde el trabajo duro sea realmente recompensado económicamente y donde no se quemen bosques de siglos para sembrar arbolitos con un cheque del gobierno. 

A un país donde los militares no tengan que andar con agendas políticas ni con contratos billonarios, entrometiéndose en la vida común y la seguridad de las carreteras y de los andantes. 

Después del espesor que le causa agruras y una subida estrepitosa en el azúcar, emprende la marcha. El vecino que le acusaba de agorero del desastre, está pidiendo limosna. Lo detesta pero no puede hacerse de la vista gorda; crecieron juntos y le duele verle tan mal. Le da lo suficiente para un tamal. Recuerda el catecismo. Agorero es el adjetivo de quien presagia desgracias. La palabra se puso de moda y ahora es una realidad. Una realidad no velada. 

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