J. S Zolliker

Con el rostro macilento, entra a su habitación ya avanzada la madrugada. Su pesar achacoso, hace que quitarse el abrigo sea una tarea lenta, forzada, que culmina cuando lo cuelga cerca de la ventana. Mañana habrá de orearse ahí por nueve días al sol, tal y como le enseñaron en fechas recientes y como se hará su costumbre. 

Antes se bañaba para salir a la calle. Ahora, se baña al volver de ella, pero como ya es demasiado tarde o inmoderadamente temprano, con una toallita húmeda, se limpia metódica y concienzudamente, las manos, la frente y el cuello. Se mira en el espejo. Tiene menos años de los que aparenta, pues se ha demacrado estos últimos meses y la piel se le ha colgado. No soporta ver su reflejo, se recuerda en los ojos del perro, con los párpados tristes y ectopriones. Del cajón, saca un sobre negro y un juego de papeles en blanco.  Escribe:

“Querido hermano,

Con profundo sufrimiento, te comunico que esta noche venimos del sepelio de Juan Armando, el mayor de mis hijos. Desafortunadamente, no pudimos velarle ni enterrarle durante el día, por las cuestiones ajenas a nosotros que seguramente están viviendo en todas las ciudades. No murió a consecuencia de la violencia y la inseguridad en la que está sumido el país. Nos fue arrebatado por los designios del creador, después de un padecimiento que comenzó con disenterías y que se convirtió por desventura de los malos cuidados que atraen el hambre y la pobreza, en una fiebre de tres días y bronquitis. Rueguen por nosotros para que nos acoja la misericordia divina. Tu hermana, Amparo”.

Antes de doblar la hoja y guardar la misiva en el sobre, duda bastante sobre si poner la fecha de ayer o la de hoy. En la muerte, es curioso, los tiempos se nos desdibujan con demasiada facilidad. Por ello, es probable que la carta marcara la fecha funesta un día posterior al que se asienta en las actas de defunción: el jueves 8 de agosto de 1918. 

Hoy, un siglo y dos años después, haciendo una revisión exhaustiva de los síntomas, documentos disponibles y zona habitación, presumo, por casos similares que se presentaron en sus cercanías en Puebla, que mi tío abuelo falleció víctima de la influenza española, una pandemia respiratoria que llegó a México por algunos viajeros y que, por falta de información gubernamental y de medidas sanitarias adecuadas, costó un enorme número de muertes, pero de la que conocemos y recordamos poco, porque sucedió mientras el país se encontraba en plena revolución armada. Las cifras reconocen que, durante la Revolución Mexicana, murieron alrededor de un millón de personas. Poco se dice que cientos de miles de ellas fueron a causa de la pandemia.

Contrario a lo que se piensa, la influenza española no desapareció de milagro ni de un día para otro, sino que se fue limitando su contagio, entre otras cosas, por el cambio de costumbres, el uso de cubrebocas, medidas de higiene, aislamiento y distanciamiento físico. Las cifras oficiales que tenemos en México en los primeros días de agosto del 2020, implican una catástrofe de salud pública peor que la de entonces. Por favor, prevengamos contagios, usemos cubrebocas antes de que se nos desdibujen más los tiempos. 

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