J. S Zolliker

Tiene ganas de vomitar. En la Cámara de Diputados, quienes llevan la mayoría, aplauden desenfrenados. Uno por ahí, entregado, grita “Viva López Obrador”, con el rostro reluciendo orgullo. Otro, que tiene de Hidalgo el apellido y lo que tiene el Sancho de sal en la mollera, lo celebra disoluto y con ignorancia supina, en sus redes sociales publica: “Habemos mayoría con quórum aprobado en lo general la desaparición de fideicomisos.” Apaga la computadora y se sirve un mezcal. 

Como científica, estudiosa de los fenómenos colectivos producidos por la actividad social de los seres humanos, sabe que, en octubre del 2020, México ha entrado en un irremediable periodo de destrucción, cuando debiese estar comenzando el ideal de la deconstrucción (análisis para crear nuevas estructuras), para el nuevo siglo. Nunca antes, reflexiona con el dejo amargo del aguardiente, había gobernado una democracia tan joven y tan potencial, una clase política tan insuficiente, tan incapaz y tan incompetente que, incluso, se ha aislado así misma de las ideas, de la cultura y del deber intelectual y pensante. ¡Hasta el salvaje de Zapata tenía a su Soto y Gama, y el cuatrero de Villa, a su Martín Luis Guzmán! 

Su preocupación es grande. La decadencia es amplia y expedita. De golpe desaparecen la figura del fideicomiso, que implica encomendar a una institución fiduciaria muy vigilada y regulada, la correcta administración y destino, bajo cánones claros y medibles, de los recursos destinados a fines concretos, como lo son la Protección de Personas Defensoras de Derechos Humanos y Periodistas, la Cooperación Internacional para el Desarrollo, la Protección Civil, el Desarrollo Agropecuario, Rural y Pesquero, el Deporte, la Cultura, el Cine, el Cambio Climático, la protección de Víctimas, los Migrantes y la Ciencia y Tecnología (en plena era mundial, de la revolución de la ciencia y la tecnología). Nada refleja mejor nuestra situación, que el Habemos para subrayar que nos hemos convertido en un zoquete caníbal que se zampa las propias extremidades con júbilo y regodeo; un uróboro inútil y ciego con el olfato consumido con su propio hedor.

Suena el teléfono. No tiene ganas de contestar, pero la costumbre la obliga para atender una llamada que ya esperaba del Comité Directivo del Sindicato del Personal Académico de donde labora. Queda desde ya suspendida toda investigación y docencia especializada hasta que se decida el futuro de los 109 fideicomisos que Morena, busca extinguir. Son 68 mil millones de pesos que el gobierno quiere apropiarse a la mala y sin reparos.

Para decirlo sin tapujos, a su parecer, se trata de la primera intentona de expropiaciones y nacionalizaciones que el gobierno quiere realizar, porque muchos de los recursos, son donaciones privadas de particulares mexicanos y extranjeros, de organizaciones internacionales y de empresas de países muy diversos. Los fideicomisos, fueron creados precisamente para que los donadores, tuviesen la confianza de que su dinero, no sería mal utilizado por el gobierno; malversado, pues. 

Va a llamarle a todos sus colegas que votaron y facilitaron el voto por AMLO para decirles que si no defienden sin marrullerías los fideicomisos con uñas y dientes, al rato podrán expropiarles hasta sus cuotas del Infonavit y del ahorro para el retiro. Es ahora. Antes de que la destrucción arrecie y sea demasiado tarde. 

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