J. S Zolliker

Mira, Andrés Manuel, yo voté por ti y eso me ha ganado el derecho, pero más, la obligación, de platicar mi historia: me llamo Flavia Gómez, pero todos me conocen como “la china”. Así me decía mi ‘amá, porque de chiquita, tenía los ojos rasgados y el cabello rizado. Como ahorita, pero más. 

De mi padre, la mera verdad ni me acuerdo. Un día se desapareció y después solo quedamos mi ‘amá y yo. De ella, aprendí a trabajarle bien duro para salir adelante, sin importar día de la semana ni duración de la jornada. Llegó de la sierra cuando era chamaca y se puso a vender en el mercado; era comerciante. Todo vendía. Desde chapulines del monte, hasta colchones usados y reforzados. No te voy a mentir, no tuve una infancia ni muy buena ni muy infeliz tampoco. Normal, creo yo. Con muchas carencias, es cierto, pero nunca nos faltó ni comida ni oportunidades. 

Por mi ‘amá terminé la escuela y me hice contadora. Pero cuando ella murió y me quedé sola, con lo poquito que me heredó, decidí cumplir mi sueño: abrir una cenaduría, que era la extensión de mi cocina: taquitos dorados de papa, de requesón, flautas de pollo y de res, sopesitos, tlayudas y todo lo que me gustaba comer, pero que me quedaba más bueno a mí. Entonces, llegaba yo de trabajar y montaba en la cochera unas mesitas y sus sillas de plástico, y comenzaba yo a guisar y los vecinos a llegar. 

El negocio fue madurando en pocos años y al rato, me enamoré de un cliente y nos casamos. Él, me hizo ver que, aunque el lugar era humilde e incómodo, la gente iba y dejaba dinero, por lo que valía la pena invertirle para seguir creciendo. Así que, para no hacerte el cuento largo, dejé mi trabajo y con lo ahorrado, abrimos un local mejor y más amplio y algunas décadas, mucho trabajo, sacrificios y tres hijos después, ya somos una empresa con tres sucursales y con más de treinta empleados que pagan impuestos y seguridad social completa. Por lo menos hasta esta próxima quincena, porque el día último de julio 2020, cerraremos, quebrados. En la ruina la empresa de casi cuarenta años. 

Es un golpe, que no se lo deseo a nadie. Es bien duro. No es la Covid-19, es la 4T, Andrés Manuel, y todas las trabas que parece que nos quiere imponer para que no podamos salir adelante. Creo que por fin entiendo que ése, es el significado de subdesarrollo; andar con una cadena que nos ata y no en un escalón que nos permite subir. Del otro lado, hasta Trump se metió a rescatar a los negocios, pero aquí, ni Morena ni tú han movido un dedo para salvarnos a las empresas ni a sus empleados. 

El año pasado, pagué más de trescientos mil pesos en diferentes impuestos y ahora, con menos de eso, podría haber salvado mis negocios con cierta ayuda del gobierno. Pero no, el sábado primero de agosto, por primera vez en mi vida, no trabajaré más… Como el mío, muchos otros negocios ya no volverán a pagar ni empleados ni luz ni agua ni proveedores ni impuestos. ¿Cómo le vas a hacer? No se puede construir una casa comenzando por el tejado, ni se puede sacar adelante una economía dejando quebrar negocios.  ¿Cómo quieren repartir la torta, si no nos dejan ni hacer el bolillo? No, Andrés Manuel, no te puedo explicar la canija impotencia que siento, pero peor, el cochino coraje que traigo porque yo voté por ti y tú, ahora, me dejaste morir sola.

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