J. S Zolliker

Ya no estamos en tiempos ni de frases bonitas ni de mentiras piadosas. Al contrario, si hay un momento de definiciones claras, es justo ahora. Por eso lo constato: no soy feminista y no me apena aceptarlo. Al contrario, siento que es mi obligación explicarlo y divulgarlo. 

Desde antes de la Conquista y hasta hace no mucho tiempo, las mujeres no podían ni heredar. Al morir el padre, se repartían los bienes entre los hijos, los yernos o los hermanos del difunto. A las mujeres se les negó por muchísimo tiempo la ciudadanía y el poder decidir con quién se casarían. Asimismo, se les negó hasta hace poco, el derecho de votar y ser votadas, por considerarlas iguales a las personas con discapacidad mental. Y hasta hace casi nada, si la mujer era infiel, los hombres podían asesinarlas y su condena en prisión era la de un delito menor.

Aun en el año 2020, en México, por “usos y costumbres”, los hombres de pueblos originarios pueden vender a sus hijas —incluso menores de edad— al mejor postor o intercambiarlas por cervezas o para pagar deudas de juego. Y en muchos lugares sigue siendo más penado robarse una vaca, que violar a la esposa. Eso sin siquiera considerar que, en promedio, las mujeres ganan una tercera parte menos que los hombres por el mismo trabajo realizado. 

Nuestra configuración actual, sistemáticamente, privilegia la desigualdad entre géneros y causa la opresión de las mujeres, quienes lo mismo son acosadas en cualquier lado, que menospreciadas en la academia y en el mundo laboral, que agredidas por su independencia, que sobajadas por su sexualidad activa o asesinadas con humillación, sólo por ser mujeres. 

Todo lo anterior se llama patriarcado. Y los hombres por siglos hemos sido sus beneficiarios, por educación y por conveniencia. Incluso, muchas mujeres nos han enseñado a mantener el statu quo, porque a su vez, ellas han sido enseñadas y educadas en esa misma inercia (recuerdo, por ejemplo, que en primaria, con aprobación de las profesoras, corríamos a las niñas del patio de recreo para jugar futbol con una forma tan violenta y cotidiana, como normal: “chutándole” duro al balón).

Como hombre, nunca he vivido lo que una mujer. Ni siquiera he considerado elegir mi vestimenta dependiendo de si ese día tendré que caminar algunas cuadras, convivir con borrachos, lidiar con mi jefe o subirme al transporte público sin acompañante. Jamás me han pendejeado ni han sido condescendientes conmigo por el sexo con el que nací. Nunca me han chiflado desconocidos ni me han mirado lascivamente ni me han manoseado ni todos justifican agresiones contra mí, por no tener pene. Y por más que procuro aprender a desaprender y escuchar y leer y ponerme en su lugar, a veces termino riendo de (o haciendo) chistes machistas o me sorprendo a mi mismo, dudando por un instante de la pericia de la piloto del avión.

 Por eso no soy feminista. No por falta de empatía, sino porque no puedo serlo, porque no soy mujer ni he vivido lo que ellas viven y sienten en cada segundo. Por esa misma razón, tampoco puedo considerarme o denominarme indígenista, aunque me oponga a las injusticias raciales, clasistas y discriminatorias que sufren. 

Luego, entonces, aunque esté en contra de los feminicidios y la violencia de género y cada día sea más consciente del patriarcado no puedo ser feminista ni aunque lo quiera. Ni tú tampoco, si eres hombre. Y eso está bien. Porque las mujeres ya no van a pedirle permiso a nadie ni se dejarán dictar la agenda o el camino, en su búsqueda de igualdad, ni siquiera desde un palacio. Ellas vienen a transformar al mundo y a reconfigurarnos a todos. Y qué bueno. 

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