J. S Zolliker

Se llama Gabriela Urincho. Vive sola con sus dos hijos, ambos con discapacidad por trastorno del espectro autista. Tiene 47 años y aunque es diabética, hipertensa y asmática, por la pandemia, decidió regresar de forma voluntaria de una licencia laboral, para desempeñarse como enfermera en jefe del servicio de urgencias del INR, porque para ella, responder con solidaridad y carácter ante la adversidad es lo más importante, tanto como cristiana mexicana, como profesional de la salud. “Así le decía yo a mi hijo: solo con tu carácter, vas a poder salir tú de esta enfermedad”.

Abraham, su descendiente mayor que ahora tiene 12 años, tuvo un tumor canceroso terrible, en la columna vertebral; esa compleja estructura tan delicada que es el pilar de todo aquello que nos permite mantenernos vivos, o erguidos. “Estuvo al borde de la muerte varias veces”, cuenta entre sollozos para luego retomar la compostura. Cinco cirugías, muchas quimioterapias y radiaciones después, –y un milagro para superar una septicemia bacteriana, agrega con énfasis de creyente–, Abraham se graduó de primaria con un promedio de 9.2. 

La vida de Gabriela no ha sido nada fácil. De origen modesto, ha tenido que superarse con esfuerzo y trabajo. Tiene 25 años de ser enfermera y cuenta ya con especialidad en cardiología, tres diplomados y hasta una maestría en administración de servicios de salud. Sin ayuda de sus padres (ambos ya fallecieron), ha tenido que salirse de una vida de pareja disfuncional y con violencia doméstica y abandono, así como ha tenido que sacar adelante a dos niños con síndrome de asperger, que actualmente reciben tratamiento neurológico, psiquiátrico y terapéutico. 

Ella trabaja por las mañanas. Todos los días, muy temprano, podría salir de casa y llevar en el transporte público a sus hijos a la escuela y de ahí, dirigirse al instituto, su centro de trabajo, para por las tardes, dedicarse en cuerpo y alma a ver por que los menores, estén bien alimentados, hagan tareas y estudien, tengan actividades extracurriculares y acudan a sus terapias de habilidades sociales, educación especial e integración sensorial, porque cuando ella ya no esté para cuidarlos, quiere que lleven una vida social adecuada.

El problema que ahora le ha surgido y que la tiene agobiada, es que con el pase de secundaria de Abraham, por sorteo, le han asignado una escuela que les queda lejos de casa y peor, en un horario vespertino. “Si tiene que ir a la escuela por la tarde, ya no podría asistir a sus terapias y al control oncológico”, se lamenta. Además, o lleva al menor de sus hijos a sus terapias, o acompaña a Abraham a las nuevas instalaciones educativas. Le preocupa que, a su corta edad, Abraham tenga que andar solo, porque, independientemente de la inseguridad de la ciudad, por sus cirugías, él no puede moverse fácilmente, se cansa y no puede cargar mucho.   

Ha intentado incansablemente, que cambien a su hijo al turno matutino de una escuela secundaria más cercana a la primaria de su hermano y de su lugar de trabajo. Ha ido con las directoras de los planteles, ha hecho llamadas que nadie contesta, solicitudes por internet, cartas, visitas a varias oficinas y nadie le resuelve ni le contesta nada. Ella entiende que la pandemia ha complicado las cosas, pero solo pide que, en la SEP, les ayuden y brinden preferencia a todos los niños con problemas de salud y discapacidad. “Por favor, cuente mi historia a ver si alguien me pueda ayudar”. Que así, sea. 

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