J. S Zolliker

No hace falta un doctorado en Boston para ver más allá de nuestras pinches narices. 

¿Entendemos así? ¿Cuándo nos hablan golpeado? Se los dijimos desde marzo del 2020: el virus llegó para quedarse, cuando menos, tres o cuatro años; cuando menos. ¿Entendemos lo que significa “cuando menos”? ¡Carajo! No llevamos ni 15 meses y ya pensamos que lo tenemos todo resuelto. ¡Que soberbia la nuestra! 

No sé cómo decir esto sin enojo ni molestia que no se transforme en furia: se les ha advertido con anticipación de lo que nos esperaba. 

¿Escucharon? No. ¿Leyeron objetivamente la data científica? No. ¿Revisaron la información disponible? Tampoco. ¿Cuál fue la respuesta del momento “intelectual” en el que que nos sentimos lo suficientemente educados y liberales? Pues revisar y aceptar como cierto, solo lo que nos resultó esperanzador y cómodo, reír por lo que fue y lo que coincidió con nuestro contexto y forma de pensar: “es solo cosa de unos meses” y lo tomamos por cierto, pero lamento reafirmar que eso, no es ni remotamente, nuestra actual –y cruda– realidad. 

Se nos descubrió con tiempo, que el virus se transmite por vía aérea. Por partículas flotantes que pueden permanecer en un espacio cerrado, por horas. Se nos dijo innumerables veces: ventilación, cubrebocas e higiene. Nos tacharon de incómodos necios en sus reuniones sociales, en sus chats y redes sociales, en sus fuentes de noticias y hasta en sus consejos de administración. Pero la verdad ahí está, inamovible. Sin matices. Sin decir que “hemos podido domar la pandemia”. Sin triunfalismos vanos. Sin mamadas.

¿Debemos ser derrotistas? No. ¿Deterministas? Para nada. ¿Fatalistas? ¡Ni mucho menos! ¿Realistas? Sí, eso sí. Y que conste que también advertimos de otra cosa: si no hacemos todo bien, el virus puede tener variables y mutar. Podemos correr con suerte y el virus se convertirá en una gripe pasajera. Pero si tenemos la mala fortuna de siempre, no les queremos ni repetir las repercusiones en el largo plazo… ¿Qué tanto nos cuesta usar un pedazo de tela en la cara y planear por si las cosas salen mal?

Las soluciones son realmente muy simples si miramos el tema para el mediano y largo plazo: mucha ventilación (natural de ser posible; espacios abiertos, etc.), cubrebocas obligatorio como medida de protección a terceros, y rematar con higiene mínima. Eso fue lo que transformó la arquitectura de Paris. Eso cambió la historia del diseño en la pandemia de la gripe española. ¿Podemos adaptar nuestras escuelas? ¿Nuestros centros de trabajo? ¿Nuestros espacios comerciales? Alguien con visión en esa Francia grande de entonces comprendió que, de no adaptarse, podrían perecer. ¿Estamos nosotros preparados para cambiar? 

Una canción de mi generación, sin querer, lo pone clarísimo: “Hoping for the best but expecting the worst”… pero nuestra buena vida llena de soltura y soberbia nos lleva a creer que los tiempos se adaptarán a nosotros, aunque la historia de la humanidad, tiende a dictarnos lo contrario. Así, despejado y transparente, pero sin remedos, debemos pensar y dimensionar el tamaño de nuestra nostalgia y el costumbrismo que nos están llevando al (López Obrador)abismo. ¿Debemos dejar de trabajar? No. ¿Dejar de ver a los nuestros? No. ¿Dejar de producir? ¿De crear? ¿De emprender? ¿De gozar? No. Sólo tenemos que replantearnos los escenarios y no siempre serán los más cómodos, a los que estamos acostumbrados, al menos, por un tiempo. 

El virus no piensa. No planea. Ahí nuestra ventaja pues nosotros sí podemos hacerlo, ¿o somos pendejos? 

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