J. S Zolliker

Lamentable, no hablo bien el español, así que de favor disculpen mis posibles erores ortográficos y de redacción; no son intencionales. Les cuento: durante toda la etapa más severa de la pandemia, estuve trabajando desde casa y ahorrando lo más posible, siendo incluso tacañia, con un rigor digno de Jakob Furrer. Así, privñandome de muchas cosas, logré lo suficiente para comprarme unas vacaciones a México.

Decidí viajar a Veracruz por dos razones que estuve ponderando largo tiempo (casi dos años): mi querido tío me dijo que nunca, en toda su larga vida de nómada explorador del mundo, había disfrutado tanto la comida y el lugar como una tarde que pasó en los años noventa, en un restaurante llamado Villa Rica, a un lado del reconocido hotel Mocambo, que fuera sede de la película de 1943, titulada María Eugenia. La segunda, es que desde que comencé a usar Instragram, no dejó de maravillarme la cantidad de fotografáis y videos espectaculares que se publican desde ahi

Con buenos sacrificios, mucha ilusión y vacunas  puestas, tomé mi vuelo hacia México. Fue un viaje largo, intercontinental desde España, para arribar a la Ciudad de México y de ahí,  seguir el intinerario volar al puerto de Veracruz, donde ya planeaba tomarme un lechero (café con leche) en un tradicional restaurante, con un académico, doctor de ciencias ocultas, que se ha especializado en ciertos descubrimientos esotericos de la última guerra mundial.

Zilt. Apenas arribé y todo fue una clomplicación; pesadilla. Migración en México, parece campos de concentración: largas filas, la gente cabizbaja, arrastrando los pies, tosiendo, para llegar a un deshumanizado agente que a gritos se desespera por nuestra torpeza en comprender su mal hablado inglés, y nos manda después a revisión. Sobra decir que, por las horas mal gastadas, perdí mi vuelo de conexión y mi café y desayuno. Malidta sea. Debí adivinar lo que me esperaba.

Total, que logré subir a un vuelo varias horas más tarde y por fin llegué a Veracruz. Sin Über, compré taxi al hotel y el conductor, logró asustarme: nosotras no debemos estar solas y menos de nochecer porque muchas muchachas solas, han desaparecido… ¿A dónde vine? 

Por fortuna, el hotel, fue magnífico. Pero habría de resurgir lo imposible: en la noche, previo a mi salida de regreso, quise hacer mi check-in de Aeroméxico. Solo me apareció un mensaje: el vuelo había sido cancelado, sin razón. Llamé por teléfono. Me hicieron esperar dos horas antes de que me atendiera un humaino. Sin solución, recomendó salir de esa ciudad en camión y que luego demandara mi reembolso, pero ya sabía yo que no era seguro para mí, hacer eso.

La aerolínea dijo que no podía regesarme a la ciudad a tomar el vuelo de regreso a mi casa, sino tres días después. Y como eran distintas, perdí el avión a Europa. Luego, para joderme más, se fue la luz en toda la ciudad, porque nos dijeron, hacía mucho calor y la gente usa su aire acondicinado y no soportó tanto uso. Entonces, varada, irremediablemente sola, acalorada, sin dinero ni forma de comunicarme ni cargar el celular o la laptop, en una ciudad desconocida y peligroa, en un país muy lejano. 

Por suerte, la señorita amorosa del hotel me dejó quedar extra, sin cobra para ayudarme. Y por fin, con dinero prestado del cónsul, pude comprar vuelo por otra aerolínea y regresar vía Madrid. Comprendí entonces que, de no contar con la ayuda de ella, podría haber quedado en la calle, sin comida ni capital, porque a Aeroméxico no le importó los pasajeros. 

Leo en redes sociales que es una decisión del gobierno de México, suspender vuelos. Ya veo desde la ventanilla de mi avión de salida, un despintado y ruinoso letrero que dice Visit México” Yo con usteds conocí el infierno y así no les visito de nuevo, pienso. Adiós. Hasta nunca, pendejos. 

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