Enrique Del Val

En un magnífico informe publicado en la revista Le Monde diplomatique octubre-diciembre 2020, bajo el título “Es necesario pagar la deuda”, se hace una revisión actualizada de lo que para el mundo significa la deuda externa y su pago; tema que en nuestro país se ha tornado, por lo visto prohibido, quizá por las interpretaciones como una que menciona el informe sobre las lenguas indo-europeas, en las cuales la palabra deuda tiene una connotación o sinónimo de pecado o culpabilidad.

Muchos de los datos que aporta son impresionantes y, sin duda, marcarán el futuro del mundo y del sistema económico vigente en la mayoría de los países, además de verse agravados como consecuencia de la pandemia que estamos viviendo.

Por ejemplo, indican que la deuda mundial en dólares en 2019 era de 250 seguido de 12 ceros, lo que equivalía al 320% del Producto Interno Bruto (PIB) mundial. 

A mi juicio, solo este dato manifiesta la necesidad de reorganizar el desarrollo económico en el planeta para hacerlo más justo y, sobre todo, sustentable. Con esta cifra confirmamos que lo que decía Heberto Castillo de que la deuda externa era en realidad la deuda eterna, continúa siendo vigente.

En la revista se hace una crítica muy interesante sobre la discusión que hay en relación con cuánto puede soportar un país en la relación de deuda-PIB, basándose en un estudio realizado en 2010 por los hoy famosos Carmen Reinhart y Kenneth Rogoff, en el cual indican que cuando la deuda externa sobrepasa el 90% del PIB, el crecimiento económico cae. Supuestamente, numerosos dirigentes políticos de Estados Unidos y Europa tomaron dicho estudio como biblia para justificar la austeridad aplicada a sus pueblos.

Tres años más tarde, Robert Pollin, Thomas Herndon y Michael Ash descubrieron que el estudio de 2010 contenía errores de cálculo y de metodología, ya que había países que sobrepasaban el 90% y tenían crecimientos del 2.2% y no de 0.1%, como decían Reinhart y Rogoff.

Tan solo tres ejemplos: la deuda pública estadounidense antes de la pandemia era del 122% del PIB, la japonesa era del 240% del PIB y la de la República de Irlanda equivalía al 690% del PIB, según leemos en el informe de la revista. 

La deuda mundial es tres veces superior a la producción de todo el planeta y, como bien menciona el colombiano Gustavo Petro, “los dueños o amos de la deuda son los amos del futuro”.

Por eso es que países como el nuestro deben analizar sin consigna el endeudamiento cuando es necesario para solucionar problemas ingentes de la población, como lo son la alimentación, salud y educación, entre otros, porque la política de no endeudarse está bien, siempre y cuando se tengan los recursos suficientes para satisfacer las necesidades tanto de inversión, como las de atención a la población.

Cada año destinamos recursos cuantiosos para el pago de intereses de la deuda; somos de los países más cumplidores. Sin embargo, a pesar de ello, nuestra deuda crece y nuestra economía no crece lo suficiente. 

No cabe duda de que no hay que endeudarse para cosas superfluas o aquellas que al final no le van a rendir al país un beneficio que se refleje en una mejoría de las condiciones de vida de los ciudadanos.

Una conclusión debería ser que tarde o temprano todos los países (no solo los pobres en las negociaciones con el llamado club de Paris), tendrán que renegociar sus deudas y deberá haber reducciones, porque va a llegar un momento en que será imposible cubrir no solo la deuda, sino los intereses. Habrá que ver como salen decenas de países de la pandemia con los recursos que se han destinado a atenderla y que no estaban considerados en sus presupuestos. Sin duda están contratando deuda; otros recortando fideicomisos y fondos. 

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