Alejandro Alemán

Baby Driver es a las películas de persecuciones con autos lo que La La Land era a los musicales: sentido homenaje posmoderno a dos géneros que están casi extintos, el segundo por falta de interés, el primero por el dominio de lo digital.

Por las venas de esta cinta corre cine y música. Películas como The Driver (Hill, 1978), Bullit (Yates, 1968), The Blues Brothers (Landis, 1980), Vanishing Point (Sarafian,1971) y rolas de rock y blues en la autoría de Beck, T-Rex, Barry White, Jon Spencer, Queen, James Brown y muchos más son el combustible para que Baby (Ansel Elgort) pueda ejecutar su magia: hacer los más complicados stunts manejando un auto. Su vida es un remix, y si la música es la correcta, Baby puede manejar como todo un prodigio.

Es por esto que Baby ha sido reclutado, desde hace años, por una banda de roba bancos comandada por Doc (Kevin Spacey) quien lo mantiene amagado al trabajo debido a una vieja deuda que Baby va pagando poco a poco tras cada atraco. Pronto saldará su deuda y podrá salirse de la banda, o por lo menos eso cree él.

Prácticamente no hay un minuto de la película sin que suene música. La música supedita a la imagen y no al revés. El soundtrack es un remix que vive en una realidad a su vez remezclada por el propio director, Edgar Wright, quien, a diferencia de sus anteriores cintas, donde satiriza los géneros que homenajea (cine de zombis, cine de policías, buddy movies), aquí se conduce con sumo respeto, abrazando el género de persecuciones para hacer algo más que evasión veraniega: hay una sensibilidad old fashion en el resultado que inevitablemente provoca emoción al vivir el ritmo y la imagen.

Se trata del trabajo de un virtuoso que mezcla imagen, música y cine con precisión, sin tomas por computadora, sin grandes presupuestos, y sin un guión que dependa de secuelas o precuelas, pero que tampoco niega las raíces que lo alimentan.

A pesar del evidente amor que le tiene Wright a sus personajes (sus Bonnie and Clyde), el director es incapaz de otorgar un final feliz, o al menos no se lo dejará tan fácil al pobre Baby, que puede perder lo que más ama, pero probablemente recibirá justo lo que merece.

Con Baby Driver, Wright deja de ser un fanboy con cámara para convertirse en un verdadero autor.

@elsalonrojo

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