Alejandro Alemán

En el momento más logrado de Coco —el decimonoveno largometraje de la casa Pixar— el pequeño Miguel (voz de Anthony González) finalmente conoce al gran ídolo de México, el ya fallecido cantante y actor Ernesto de la Cruz, héroe de vivos y muertos por igual y que con elusiva personalidad organiza las mejores fiestas en el mundo de los fallecidos, lugar al que Miguel ha llegado por error y del cual el propio Cruz es el único que puede regresarlo a su hogar.

Es justo entonces que las verdaderas intenciones de Pixar se revelan. Sí, estamos frente a una cinta sobre el Día de Muertos que ha sido producida con el mayor cuidado y respeto posibles (viajes de investigación a lo largo de seis años por diferentes pueblos y ciudades de México avalan que esto no es el clásico dibujo reduccionista de un gringo que viene de turista), pero la mira de Unkrich junto con sus coguionistas (Adrián Molina, Matthew Aldrich y Jason Katz) va más allá: se puede distinguir elementos de El Gran Gatsby, La Divina Comedia, un puñado de cintas de Pedro Infante, obvias autorreferencias a la filmografía de Pixar, homenajes a varias estrellas del cine nacional, una pequeña burla al mito que algunos construyen alrededor de Frida Kahlo y hasta un comentario feminista.

Coco es una caja de pandora de la cual emerge una amplia variedad de temas, colores, personajes e incluso escabrosas subtramas que, desgraciadamente, son abandonadas a medio camino dado el tamiz familiar que por fuerza debe existir en una cinta con el sello Disney. Como sea, el contrabando ha sido al menos sugerido. Queda claro que a Unkrich no le interesa hacer folclorismo, lo suyo no sólo es el respeto y admiración a una cultura, sino un auténtica adopción de sus valores: la importancia de conocer nuestra herencia y a nuestra familia como único faro para ir hacia adelante.

Por supuesto, la película comete no pocos pecados: un doblaje que no termina de convencer, demasiados motivos que son más Disney y menos Pixar (esos alebrijes, algunos chistes, ¡ese final!), pero los errores son menos que los aciertos. Todo queda en segundo plano rumbo a un poderoso final que parece sacado de Los Tres García, cuando queda claro por qué la cinta se llama Coco.

El famoso castillo de Disney aparece en pantalla y la clásica tonadita suena con música de mariachi. No es poca la osadía: enmedio de un régimen que ha hecho del odio a los mexicanos una política de estado, Pixar decide hacer un homenaje a la cultura y la gente que habita México. Trump, les aseguro, no verá esta película.

@elsalonrojoE

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