Alejandro Alemán

“Nosotros no hacemos este tipo de cosas”. Es la frase que usualmente va precedida de algún acto de corrupción. Las buenas conciencias “orilladas” a corromper o corromperse, lanzan esa frase como último aliento moral, la negación antes de la debacle.

En Graduación -la más reciente cinta del director rumano Cristian Mungiu- la frase es dicha por Romeo (Adrian Titieni) un médico cirujano de 49 años que vive en alguna pequeña provincia de Rumania con su esposa, Magda (Lia Bugnar), y su hija, Eliza (Maria Dragus), quien está por ganar una beca para estudiar en el extranjero. El trámite obliga a que la joven haga una serie de exámenes, pero ello no parece ser problema tanto para la determinada Eliza como para su no menos determinado padre, quien ha hecho todo para que su hija logre lo que sus padres nunca pudieron: salir de Rumania e ir a un lugar mejor.

Pero si hay algo que irremediablemente acompaña a los personajes del cine de Mungiu es la desgracia. Esta no será la excepción. Justo el día del primer examen, Eliza es atacada sexualmente.

Más allá de su salud, lo que realmente le preocupa a Romeo es que el plan peligra, por lo que se dispondrá a corromper, convencer, rogar o lo que sea necesario para que su hija obtenga el promedio. “Nosotros no hacemos este tipo de cosas”, pero el sueño de su hija (su sueño) vale todo, incluso descender por la espiral oscura a la que está a punto de entrar.

El infierno moral que Mungiu impone a su personaje no es una práctica nueva. Ya en su cinta más conocida 4 Meses, 3 Semanas, 2 Días (2007) sometía a dos amigas a un periplo moral aún mayor: practicar un aborto en una Rumania que condenaba esa acción como ilegal. Pero el descenso de Romeo no es sino un pretexto para mostrar a una Rumania gris, tan corrupta como corruptible, donde la única ley que impera es la de los favores.

La película pareciera inspirarse en otro viaje al abismo, en este caso al infernal sistema de salud de Rumania. En La Muerte del Señor Lazarescu (2005), Cristi Puiu nos hace testigos del  viacrucis de un anciano (el Señor Lazarescu del título) en su búsqueda por atención médica en un país donde nada funciona. Tanto Lazarescu como Romeo son víctimas del sistema, pero en el caso de Romeo es aún más grave: él se vuelve parte del problema.

Lo que sí es nuevo es el tono esperanzador rumbo al final. Para Mungiu ésta ha sido una generación perdida, pero los jóvenes aún tienen energía para sonreír y la voluntad para decir no.

@elsalonrojo

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