Alejandro Alemán

La Tortuga Roja (Francia-Japón, 2016) es una obra de arte inusual. Ubicada en las antípodas de la animación comercial de occidente, se trata de una cinta animada hecha de la forma tradicional: a mano, en tecnología 2D, con trazos finos, llena de color y sin aparente ayuda de ninguna computadora. Es además una película sin diálogos, pero con dos personajes, música ocasional y trama mínima: un náufrago trata de huir de una isla desierta. Construye una pequeña balsa, pero cuando intenta ir a mar abierto, alguna bestia marina destruye su embarcación.

El náufrago lo intenta una, otra y otra vez más, pero siempre ocurre lo mismo. Algo debajo del agua destruye sus intentos de partir hasta que encuentra al culpable: una enorme tortuga roja.

Lo que sigue no debe revelarse, en todo caso debe vivirse. Estamos ante una cinta de animación que roza los linderos del realismo mágico y en el que cada uno de sus fotogramas son hermosas pinturas. La Tortuga Roja es como si hojearas un libro de ilustraciones, la siguiente más bella que la anterior.

Esta película te hace dudar si realmente la computadora ha aportado algo a la animación que no sea reducir las cargas de trabajo y los costos. El arte del director, ilustrador y animador, Michaël Dudok de Wit, destroza todo aquello que la computadora pueda darnos. El pulso humano está presente en cada trazo, cada imagen, cada celda de animación.

Coproducida por los estudios Ghibli, se trata de la primera producción no japonesa en la que se involucra la casa de Hayao Miyazaki. Entusiasmado por el trabajo previo de Michaël Dudok de Wit (el hombre ha sido premiado a lo largo de su carrera con un Oscar, Bafta y César), Miyazaki mismo dijo que si alguna vez Ghibli se decidía a experimentar con creadores fuera de Japón. El primero tendría que ser Dudok.

A diferencia de muchas historias de naufragio, aquí lo importante no es salir de la isla, sino la descripción del ciclo de la vida y la mágica simbiosis entre la naturaleza y el hombre. Michaël Dudok ha declarado su fanatismo por Cien Años de Soledad (de Gabriel García Márquez), lo que explica una gama de imágenes y situaciones mágicas y alegóricas que suceden en esta cinta.

El trazo a mano, sencillo y delicado de Dudok provoca genuina emoción en el espectador quien difícilmente saldrá intacto de esta experiencia. Una hermosa y profunda meditación sobre la vida, la soledad, la compañía, la muerte y la resurrección.  Dudok logra hacer esto con las herramientas más simples: papel, lápiz, música y el poder del cine en su máxima expresión.

@elsalonrojo

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