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Simón Vargas

En memoria y por el nacimiento a la vida eterna de nuestro buen amigo Erick Salvador Rodríguez García. Descansa en paz.

            

                                                                               

Para algunos la Semana Santa es sinónimo de descanso, diversión y esparcimiento, durante estos días los destinos turísticos se encuentran totalmente abarrotados y, en ocasiones, debido a los excesos se pueden presentar accidentes que pueden resultan fatales. No es la intención juzgar como desea cada quien disfrutar su tiempo libre, pero es pertinente recordar el verdadero significado de esta época.

Seguramente hemos escuchado el comentario de que estos son días de guardar y de profunda reflexión, pero ¿alguna vez nos hemos cuestionado con sinceridad si realmente comprendemos que nos quieren decir? Tal vez es momento de examinar si nos hemos permitido vivir una Semana Santa en su verdadero significado, y si ha sido posible disfrutar la maravillosa conjunción de las ceremonias que la componen.

La Semana Santa es el momento litúrgico más intenso de todo el año. Sin embargo, para muchos católicos se ha convertido sólo en la época ideal de vacacionar. Nos hemos ido olvidando de lo esencial: dedicar esta semana a la oración y la reflexión: es tiempo de perdón dentro de nuestras creencias cristianas, pues recordamos la pasión, muerte y resurrección de Jesús crucificado.

El inicio de la Semana Santa se da en la culminación de la Cuaresma, que inicia precisamente el miércoles de ceniza y termina cuarenta días después la tarde del Jueves Santo. El número cuarenta tiene mucho significado y simbolismo en la religión católica, por ejemplo; cuarenta días duró el diluvio de los tiempos de Noé; cuarenta años pasó el pueblo de Israel en el desierto de Egipto; cuarenta días duró Jesús en el desierto durante su preparación para comenzar su misión de salvador; este es un periodo de purificación e iluminación.

El día de mañana concluye la Cuaresma, durante estos cuarenta días deberíamos haber reflexionado sobre nuestras acciones –lo bueno y lo malo- con la finalidad de aceptar y reconocer nuestras faltas y pecados, es el tiempo por excelencia para arrepentirnos y convertirnos: es decir corregir el camino, cambiar de vida, encontrar y seguir a Jesús.

Mañana en Jueves Santo, se celebra la unción de los aceites, el Santo Crisma para la confirmación y los óleos para los enfermos y para el bautismo. Por la tarde, es cuando recordamos a Jesús reunido con sus apóstoles a celebrar la última cena y nos deja su cuerpo y su sangre como comida y bebida de salvación, así como el mandamiento del amor; «les doy un mandamiento nuevo: que se amen los unos a los otros como los he amado».

Después Jesús va con algunos de sus apóstoles al huerto de Getsemaní, es ahí donde se enfrenta al hombre que aún es y lo inundan los sentimientos mortales de tristeza, angustia y ansiedad, y dice: » Padre, si quieres, aparta de Mí este cáliz. Pero no se haga mi voluntad sino la tuya», después llega a Él un ángel enviado del cielo que lo reconforta y le da valor para enfrentarse a su viacrucis mediante la oración.

Como seres humanos en algún momento de nuestra vida hemos enfrentado o afrontaremos esta situación, después de sufrir una gran pérdida o al afrontar una crisis espiritual, hemos sentido la extraña tristeza en el alma, el desconsuelo que amenaza con quedarse, la angustia latente que varía su intensidad, cuando nos sentimos derrotados, humillados, abandonados…

Tal vez creemos que Dios nos ha abandonado o llegamos a dudar de su existencia, en el huerto de los olivos Jesús nos enseña a no cavilar nunca, que a pesar de nuestra existencia humana y mortal, de los pesares y los dolores que nos inundan, creamos en su palabra y confiemos nuestra vida a Dios. El camino para llegar a esta comprensión y entendimiento es complicado y sinuoso, pero es a través de la oración como podremos encontrar el valor necesario para conseguirlo.

En estos tiempos complicados que vive la humanidad, en donde los hombres se dividen y se enfrentan, donde estas luchas constantes se hacen guerras, y como consecuencia llega la soledad, la muerte, la tristeza… Es urgente abrirse a la palabra de Dios, estamos completamente a tiempo de entenderlo y practicar una Semana Santa con apertura de corazón y espíritu.

Este puede ser también un tiempo para reflexionar qué cosas podemos hacer para realizar cambios positivos en nuestras vidas, trabajo, en el país y, por qué no, hasta en el mundo que hemos de heredar a nuestros hijos y nietos. Es hora de renovar nuestra fe para que nos conduzca hacia el camino de la reconciliación con todos nuestros hermanos, en la búsqueda de un porvenir mejor, olvidando la guerra, la discordia y las confrontaciones.

Tengamos presente como nos lo ha dicho el Papa Francisco que “cuando los corazones de abren al evangelio ¡el mundo comienza a cambiar y la humanidad resurge!”.

*Analista en temas de Seguridad, Educación y Justicia

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