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Ana Saldaña

Este fin de semana estuve en Acapulco y aproveche para darme un masaje en el Spa del Hotel Princess. Ya tenía años de no visitarlo. Las instalaciones sin duda, para el tamaño del hotel son limitadas. El Spa está dividido en cuatro zonas, una zona con cabinas para masaje, una zona de relajación en donde uno puede esperar a su masajista mientras toma una taza de té o come algún bocadillo dulce. Además cada sexo cuenta con un área privativa que incluye una pequeña zona de casilleros, regaderas, un jacuzzi diminuto, vapor y sauna.

Cuando llegué a la zona de relajación había otra persona también esperando. El señor tecleaba furiosamente en su celular. Con decirte que ¡hasta tomó una llamada! Lo mejor, fue que en ambos costados del lugar había un poster con la solicitud explicita de no utilizar el celular en la zona de spa. Sin duda no se puede esperar que todos los huéspedes sigan las reglas. Sin embargo una de las funciones del personal en el lugar debería ser el orientar las conductas para garantizar una experiencia relajante para todos.

El masaje fue bueno. Aunque me sorprendió que la masajista quisiera platicar, sobre todo preguntándome sobre mi trabajo. Cuando mis respuestas cortas no surtieron efecto y continuaban las preguntas, opté por mejor ya no contestar y decirle que “quería descansar un poco”. Sin duda, es agradable ver que una masajista pregunte y entienda mejor tus necesidades como cliente. Sin embargo, mezclar plática de trabajo mientras que uno toma un masaje de relajación, en lo personal considero no son cosas que normalmente van de la mano.

Al salir del masaje decidí darme una vuelta por el vapor y jacuzzi. Al llegar habían dos mujeres hablando acaloradamente. No pararon de hablar durante todo el tiempo que usé las instalaciones. Hasta en la regadera oí hasta el último detalle de la cena de Navidad de una de ellas.

Sin duda, todo esto me puso a pensar en como una buena experiencia de spa, va más allá de las instalaciones. Lo que es evidente, es que en spa del Fairmont, no existe un esfuerzo por fomentar una convivencia entre los invitados que incite a la relajación. Los empleados iban a venían y en ningún momento los oí pedirle al señor que apagara su teléfono o a las señoras que bajaran su voz. No sólo se trata de tener los mejores tratamientos con las mejores masajistas (que por cierto no considero sea el caso de este spa en particular), sino también de crear un espacio de serenidad en el que se le invite al huésped a respetar las más mínimas reglas de convivencia.

Año con año visito el Acapulco Princess por cuestiones laborales en estas fechas y no por placer. He conocido varios hoteles de la marca Fairmont y siempre me decepciona este hotel en particular por la falta de atención a los detalles. No se si es el tamaño del lugar o la rotación de personal. Sin embargo, fue la misma sensación en el Spa. Una verdadera falta de cuidado en las pequeñas cosas que harían toda la diferencia. Sin duda, si lo que uno busca es relajación, será mejor buscarla en otro lugar.

Al salir, hice estos mismos comentarios en una hoja. Ese mismo día, recibí la llamada de la gerente disculpándose porque no había sido cien por ciento satisfactoria mi visita. También aprovecho para invitarme a utilizar la zona del spa otro día durante mi estancia en un horario más temprano en donde seguramente podría relajarme sin que hubiera tanta gente. Sin duda, es una verdadera tristeza cuando en lugar de aceptar que las condiciones no fueron las idóneas, se le culpa al cliente de ser quisquilloso.

En lo personal, considero que sin importar la cantidad de gente que haya en el spa, hay ciertas reglas universales y básicas cuando uno visita un spa. Habrá lugares que fomentan que te des el masaje desnudo u otros que te proveen con algo para cubrir tus partes íntimas. Habrá instalaciones en las que no conviven los diferentes sexos y otras en las que si. Pero lo que me queda claro es que usar el celular y no hablar fuerte, son reglas universales cuando se trata de etiqueta de spa. Que pena que el Fairmont Acapulco, no puedan si quiera garantizar este mínimo indispensable.

Si en estas vacaciones estarás en Acapulco, mi recomendación es mejor visitar el spa del Banyan Tree. En el Banyan siempre tengo la sensación de quererme quedar dormida en la cabina de tratamiento por largas horas envueltas entre los aromas de los aceites que utilizan para los distintos tratamientos. En el Fairmont, la única sensación que tuve después de esta experiencia fue la de salir corriendo del lugar para ver si en mi habitación encontraba paz y tranquilidad.

Espero que disfrutes mucho estos días de descanso que vienen y que además tengas tiempo de relajarte y renovarte. No publicaré mi columna la Semana Santa, ni la de Pascua, pero nos leeremos después de las vacaciones. Y recuerda, ¡hay que buscar el sabor de la vida!

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