Oscar Moha

En cifras cerradas, los mexicanos leemos en promedio 3.7 libros por año; 36% por puro entretenimiento (revistas, blogs, páginas web, historietas, alguna sección de un diario, redes sociales); 30% por nuestra profesión o grado escolar (libros de texto o especializados, medios informativos, revistas académicas); casi un 30% aseguraron que el motivo es religioso (La Biblia, libros sobre espiritualidad y autoayuda), el resto “por cultura general” (enciclopedias, periódicos, folletos, temas variados en Internet). 

Un mexicano promedio dedica 38 minutos a la lectura en un día. Y si añadimos a ello que sólo el 60% de las personas que leen comprenden un poco más de la mitad (53%) de lo que estudian, podemos pensar que es lógica entonces la existencia de más de 9 mil Asociaciones Religiosas que se dicen inspiradas en el mismo libro (La Biblia) y cuyos dirigentes se dicen propietarios de la verdad absoluta, revelada personalmente por la divinidad.  

Los datos anteriores son resultado del Módulo de Lectura (MOLEC) que mide el comportamiento lector de los mexicanos elaborado por el INEGI en su edición 2021. Según datos del mismo Instituto, las mujeres leen más que los hombres, en proporción mínima.  

El promedio anual de libros leídos por habitante en México es similar al de Argentina y Colombia, por citar países latinos, mientras que Canadá, Corea y Estados Unidos leen más de 10 al año (Francia 17). Las bibliotecas aquí suelen ser poco visitadas. Sólo el 10% de los entrevistados que dijeron tener el hábito de la lectura acude a ellas.  

La pandemia afectó para bien y para mal los hábitos de lectura en el mundo. Por ejemplo, en México el índice bajó, aunque va en aumento el tiempo que dedican a esta actividad quienes la tienen por costumbre: en los últimos 5 años hubo un aumento de más del 300% de las personas que prefirieron el formato digital al impreso, aunque casi un 80% de los que leen periódicos y revistas prefieren tocar el papel y su aroma a tinta. 

Cuando comenzaron a llegar los primeros protestantes a México, a finales de 1890 dieron un impulso a la cultura y a la educación en el país, sobre todo entre las clases trabajadoras. Metodistas, Presbiterianos y Bautistas iniciaron círculos de estudio bíblico, pero también incentivaron el pensamiento de los clásicos, la historia de México, dieron relevancia a la poesía y formaron escuelas de artes y talleres de redacción. Fomentaron el trabajo de los escritores y periodistas y no faltó la formación de pequeñas bibliotecas colectivas, actividades todas que se perdieron con el paso del tiempo y la visión social.  

Los Testigos de Jehová cuentan con su propia imprenta aquí en el país. Maquilan traducciones que hacen de ejemplares provenientes de su sede en Estados Unidos; los dirigentes tienen prohibida la lectura de otro tipo de literatura religiosa a su congregación. Esa imprenta de gran magnitud ubicada en Texcoco, Estado de México, produce varias publicaciones, algunas destinadas a manera de obsequio a los simpatizantes. 

Apenas el pasado lunes 4 de este mes la plataforma de Facebook dejó de servir unas 6 horas en México y en el mundo, causando grandes destrozos financieros y la molestia de miles de Ministros de Culto. Pero,  no hubo protesta alguna, ni suspendieron actividades por el cierre masivo de librerías y bibliotecas durante más de un año por la pandemia. Y es que el placer de la lectura no es actividad prioritaria en el gremio, quizá por la poca rentabilidad en términos económicos que les significa. 

De los libros más leídos en el mundo, según reportan portales de Internet, están La Biblia, El Código Da Vinci, El Señor de los Anillos, El Quijote de la Mancha, el Principito, La Odisea, El Nombre de la Rosa, El Corán, Ben-Hur y El Diario de Ana Frank, entre otros muchos. Como usted puede ver, la mayoría relacionados con cuestiones religiosas. 

PALABRA DE HONOR: El sábado pasado fue detenido Javier Laynez Potisek, Ministro de la Suprema Corte de Justicia, cuando conducía su auto en Torreón, Coahuila, supuestamente en estado de ebriedad, lo que no se pudo comprobar, a pesar de que el funcionario solicitó un examen toxicológico. Estuvo encarcelado más de 4 horas y finalmente le aplicaron una multa de 6 mil 500 pesos por una falta que no fue por la que se le detuvo. Laynez asegura, en un boletín, que no pudo probar que estaba sobrio ya que le impidieron ver a los impartidores de justicia y que sus datos personales fueron filtrados, violando sus derechos. Si eso pasa a un Ministro de la SCJN ¿qué podemos esperar los mortales? 

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