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Ana Saldaña
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FOTO | Ana Saldaña

¿Quien no ha soñado con tener una bodega de vino? Más de una vez me ha pasado por la mente al visitar un viñedo lo delicioso que resultaría ser dueña de uno y levantarme cada la mañana para recorrerlo, mientras que el sol comienza a calentarme en la espalda y ver como las vides van creciendo y dando frutos para culminar en el vino perfecto. Sin embargo, rápidamente también me puedo imaginar lo preocupada que estaría al notar los más mínimos cambios climáticos, al monitorear la evolución de los vinos en las barricas y el estrés de encontrar el momento perfecto para vinificar. Son cientos de detalles. Así, mi idea romántica se transforma en una dura realidad: elaborar un buen vino, es un trabajo arduo, laborioso que va más allá de plantar unas vides y pasear por ellas. Es una gran responsabilidad.

¿Pero qué pasa cuando además del estrés natural de tener un viñedo, creces en el seno una familia dedicada a la vinicultura? ¿Cómo tomas el timón de un negocio familiar y le das sustentabilidad en un entorno global? ¿Será mayor la responsabilidad?

Justo tuve la oportunidad de encontrarme con José Miguel Viu Bottini, gerente general y copropietario de la bodega chilena Viu Manent en una reciente visita que realizó a la Ciudad de México. José Miguel me cuenta que su abuelo, Miguel Viu García emigró a Chile de Cataluña. Junto con sus dos hijos Agustín y Miguel Viu Manent fundaron las Bodegas Viu que por años se dedicaron al comercio y envasado de vinos para el mercado local. En 1966, Miguel Viu Manent, padre de José Miguel, soñaba con hacer sus propios vinos y adquirió la Hacienda San Carlos de Cunaco en Colchagua. Un viñedo antiguo y tradicional que contaba con 150 hectáreas de antiguos viñedos franceses pre–philoxéricos. Así, comenzó todo un capítulo nuevo para la familia en donde a través del tiempo posicionaron su marca dentro del mercado chileno.

José Miguel, el primogénito de Don Miguel, estudió agronomía en la Universidad Austral de Chile. Al incorporarse al negocio fue el responsable de la expansión de los viñedos y la transición de la empresa enfocada hacia un negocio de exportación. Sin duda es evidente que para José Miguel no solo se juega en su trabajo cotidiano su nombre, sino también el de sus antepasados.

¿Pero cómo puedes enfocarte en crecer el negocio familiar y aún así divertirte? Me cuenta José Miguel que tras la muerte de su padre en el 2000, además de continuar  elaborando las marcas ya  reconocidas en el mercado chileno, decidió explorar y dedicarle tiempo para elaborar un vino a su estilo.

La inspiración llegó a través de las imágenes de una artista amiga suya, Catalina Abbott quien diseñó las etiquetas de sus 6 Secretos. Cada secreto se convirtió en un vino en el cual destaca una uva: Malbec, Carmenere, Syrah, Pinot Noir, Sauvignon Blanc y Viognier. En la etiqueta únicamente menciona la uva preponderante y mantienen en secreto el resto de la mezcla. Después en confianza también me cuenta José Miguel que el nombre hace alusión a los encuentros secretos que tuvo con Catalina, a pesar de estar casada, claro, para diseñar la etiqueta.

Así cada uno de los vinos pertenecientes a esta nueva generación son producto de su vida cotidiana o momentos que lo inspiran a hacer algo atrevido. El Incidente (Carmenere 91%, Malbec 7% y Petit Verdot 2%) toma su nombre del descubrimiento accidental de la uva Carmenere en los noventas en Chile. Pero también a estilo de José Miguel, rememora un viaje en globo para recorrer su viñedo y que culminó en un aterrizaje forzoso en el mercado del pueblo de Santa Cruz sorprendiendo a todos los lugareños. Confieso que de todos sus vinos El Incidente fue el que más interesante se me hizo y el que más me gustó. Es un vino fácil de beber, con una agradable complejidad aromática floral intercalada con frutos rojos y notas de pimiento tan característico del terroir chileno, todos arropados por los aromas de su barrica.

Después de mi charla con José Miguel, no pude evitar quedarme pensando sobre como a veces más allá de las responsabilidades que uno va heredando, la mayor responsabilidad que tenemos es con uno mismo y el destino que le damos a nuestra vida. Sin duda lo más fácil es seguir repitiendo lo mismo que se ha hecho por generaciones. Pero el atreverse a innovar trae resultados por demás inesperados y una vida mucho más enriquecedora. Como dice el dicho, aventurarse a tomar el tren que solo pasa una vez, no es una locura, sino una valentía.

Espero que tengas un fabuloso día y recuerda, ¡hay que buscar el sabor de la vida!

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FOTO | Ana Saldaña

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Viu Manent

www.viumanent.cl

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