Juan Antonio Le Clercq

La semana pasada, miles de estudiantes británicos protestaron colectivamente  contra de las consecuencias del cambio climático. En ciudades y poblados del Reino Unido se repitió la misma acción coordinada: niños y adolescentes, inspirados por la joven sueca Greta Thunberg abandonaron sus clases exigiendo a sus líderes políticos mayor compromiso y acciones más efectivas para evitar incrementos en la temperatura global.

El mensaje central de las protestas ha sido el mismo que nos envía Greta, convertida ya en un referente de las nuevas movilizaciones contra la inacción climática: los adultos, especialmente la clase política, tienen que dejar de actuar como niños irresponsables y deben comportarse, nada más y nada menos que como adultos, deben asumir su responsabilidad en la protección del medio ambiente y necesitan actuar para evitar que una catástrofe global ponga en riesgo las oportunidades de vida de las nuevas generaciones.

Las protestas, que van tomando mayor fuerza en distintos países, tienen una profunda dimensión moral: la conducta de los adultos (a la que pertenece mi propia generación) y las generaciones pasadas, ha sido triplemente irresponsable: primero, porque pese a contar con información científica relevante, se siguen fomentando actividades económicas no sustentables y dependientes de combustibles fósiles; segundo, porque los Estados han sido incapaces de cumplir con lo acordado a nivel  internacional y no han desarrollado políticas nacionales efectivas y justas para contener el aumento de las emisiones de gases de efecto invernadero; tercero, porque al permitir que las emisiones globales nos lleven a temperaturas por encima de 2ºC, se ha creado el escenario de una sexta extinción masiva de especies.

A pesar de la relevancia y sentido de urgencia del mensaje de los estudiantes, la respuesta de muchos adultos resultó anticlimática, por decir lo menos. No faltaron quienes reclamaron a los alumnos el abandono de sus obligaciones al faltar a clases. Diversos líderes parlamentarios, cuya incompetencia política ha llevado a Reino Unido al abismo del Brexit, cuestionaron la participación de menores de edad en la protesta invocando “responsabilidad” con sus estudios. Incluso la propia Theresa May criticó la pérdida de horas de clase provocada por las protestas. Vaya cinismo, pues lo que los jóvenes ponen sobre la mesa es justamente la responsabilidad de los adultos con la vida en el planeta.

No deja de ser paradójico que los adultos nos movamos con una parsimonia irresponsable ante el cambio climático, como si contáramos con todo el tiempo del mundo para actuar; mientras que niños y jóvenes, que tienen toda la vida por delante, exigen medidas urgentes porque entienden que su futuro y el de las próximas generaciones está en riesgo. Nuestros ineptos líderes políticos no entienden que los niños y adolescentes reaccionan para exigir la protección de espacios naturales y condiciones de vida que las viejas generaciones les estamos arrancando de las manos.

Si los niños están protestando es porque los adultos hemos evadido por completo nuestra obligación de respetar la naturaleza y hemos fallado en la obligación de velar por la supervivencia de nuestra propia especie. Las protestas de los jóvenes del mundo vienen a revitalizar la demanda de acciones más efectivas ante el cambio climático y supondrán nuevas formas de presión para los actores políticos. Los jóvenes van a exigir cada vez un mayor compromiso a sus padres y en pocos años podrán expresar su descontento a través de las urnas. Ojalá pronto veamos a más niños y jóvenes protestar y presionar a los adultos, forzándolos a provocar un cambio real hacia formas de desarrollo más sustentables e incluyentes.

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