Hannia Novell

El talibán está de regreso en Afganistán. Veinte años después de ser derrocados por las fuerzas militares de Estados Unidos y Gran Bretaña, los fundamentalistas islámicos se apoderaron de todo el territorio y han cortado todas las rutas de salida hacia el exterior.

Desde la huida del presidente Ashraf Ghani, miles de afganos también buscan escapar de las garras de los islamistas radicales, quienes ven en el Corán y el Hadiz la justificación divina para utilizar prácticas extremistas, como los atentados terroristas que han cobrado la vida de miles de personas en los países de Oriente Medio y en el mundo.

Los fundamentalistas islámicos ya se adueñaron de la capital Kabul y las ciudades de Mazār-e Šarīf, Kandahar, Jalalabad, Herat, Ghazni y Balh. La bandera del Emirato Islámico de Afganistán ya ondea sobre el palacio presidencial y eso no es sólo un símbolo de poder político: la vida de las mujeres, adolescentes y niñas de Afganistán están en riesgo. 

Los líderes de los talibanes han asegurado que se encargarán de “garantizar la seguridad de las vidas y propiedades”. Aseguran que “no habrá venganza”, contra quienes simpatizaron con la ocupación de las fuerzas militares estadounidenses y británicas y piden “calma” a la población.

Yo no creo en las promesas del talibán. He estado en la zona, conozco sus prácticas, sé que volverán a hacer lo mismo y que cobrarán venganza contra quienes colaboraron con Estados Unidos. Las mujeres de Afganistán volverán otra vez al encierro, el olvido y la burka.

La Asociación Revolucionaria de las Mujeres de Afganistán (RAWA) ha alertado que las mujeres y niñas son las más amenazadas por el nuevo régimen talibán. Con el pretexto de crear “ambientes seguros”, los talibanes prohíben, castigan, lastiman la integridad y violan los derechos humanos de las personas.

Sólo entre 1996 y 2001, destaca RAWA, la vida de las mujeres afganas fue un infierno, el reino del terror. El trabajo femenino debe realizarse dentro de los hogares y, para salir de casa, deben ir siempre acompañadas de su mahram, que es la figura masculina más cercada por parentesco, como su padre, hermano o marido.

La educación está vetada a las mujeres. No pueden acudir a estudiar a escuelas, universidades o cualquier otra institución educativa y si requieren servicios médicos, sólo pueden ser atendidas por doctoras o enfermeras mujeres. Sobra decir que el número de mujeres que trabajan en el sector salud es reducido, por lo tanto, la falta de una atención adecuada deriva en la muerte.

Las mujeres no pueden mostrar ninguna parte de su cuerpo en público, por lo que están obligadas a llevar la burka, un velo largo que les cubre desde el rostro hasta los tobillos. Si alguna chica se atreve a quebrantar las reglas establecidas por los talibanes, son sometidas a azotes en público y abusos verbales.

Las mujeres acusadas de mantener relaciones sexuales fuera del matrimonio son denigradas con insultos y lapidadas en la plaza pública, ejecutadas a golpe de piedras.

Tampoco pueden ser vistas desde los balcones, reír en público, estrechar la mano de un hombre que no sea su mahram, usar tacones, maquillarse, usar colores “sexualmente atractivos” o practicar alguna actividad deportiva.

El mundo de libertades que gozamos en Occidente está cancelado en el Medio Oriente con los talibanes, que violan flagrantemente los derechos humanos, civiles y políticos de las mujeres: el derecho a la vida, a la libertad de pensamiento, conciencia y religión, opinión y expresión, el derecho a no ser sometido a esclavitud ni servidumbre, el derecho a no ser torturado.

Los ojos del mundo entero tendrían que voltear la mirada hacia Afganistán y escuchar la voz de las mujeres, cuyas vidas -una vez más y como nunca antes-, están amenazadas. Esto no es nuevo, nuevo sería hacer algo. 

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